Por: Victoria

Encontrarme en una ciudad nueva, que nunca antes visité, tiene mucho de expectativa, bastante de atención y un tanto de sorpresa.

Reconozco que no soy de aquellos que suelen llegar y sorprenderse por completo del lugar que están visitando. Soy, más bien, un poco obsesiva una vez que elegimos el destino: miro todas las rutas y caminos posibles de acceso, leo cuando y como se fundó la ciudad, busco historias y leyendas, busco arte local, posibilidades y rutas para hacer autostop…  algo que un poco cambiará cuando no hagamos más los “viajes cortos” para emprender nuestro proyecto “destino México en Combi”.

El punto es que con Trujillo sí me paso lo de la sorpresa absoluta. Nuestra ruta inicial, después de Lima, era otra. Terminamos, por cambio de elección, en el norte peruano. Nuestra estadía en la ciudad se puede dividir en dos etapas: una de balneario y otra en la ciudad, propiamente dicha. Nos encontrábamos a unos 550 Km. de Lima.

EL BALNEARIO

Llegamos a las playas de Huanchaco desde la terminal de Trujillo. En esta ciudad, según el destino, hay una terminal. Lo cierto es que al bajar del bus, dimos algunas vueltas para conseguir el micro de línea que nos llevara hasta las playas y, casualmente, la tan buscada parada se encontraba al lado de la terminal a la que llegamos. Esa sensación de dar vueltas en círculos.

Un poco colapsado el bus, emprendimos hasta el sector de los balnearios. Se tarda un rato en llegar, asique a armarse de paciencia y disfrutar del espectáculo del muchacho que cobra y abre las puertas en cada lugar donde ve un grupito de gente en la calle al grito de “¡Huanchaco!¡Huanchacooo!”.

Finalmente salimos de la ciudad, tomamos unos kilómetros de ruta y nos adentramos en los balnearios. La primer impresión de Huanchaco es, como suele ocurrirme casi siempre, por su color. Huanchaco es marrón clarito. Marrón como el color de la arena, como la escenografía de las montañas de fondo. Marrón como las construcciones y techos de las viviendas y el halo marrón que deja el polvillo en las calles cuando pasan los micros a una velocidad más bien ligera que no le esquiva ni a los pozos.

Las playas de Huanchaco por la mañana.

Conseguimos alojamiento en un hostal camping llamado “Naylamp”, ubicado frente a la playa por un precio barato, alrededor de 20 soles la noche cada uno, en un cuarto compartido de 4 personas. Lo más lindo eran las áreas comunes que tenía un patio central en desnivel con hamacas paraguayas colgando, sillones y mucha vegetación al aire libre. Había cuartos privados, duchas para los que querían bañarse cuando venían de la playa y un comedor común que vendía bebidas y comida casera.

Huanchaco, que en su origen significa “hermosa laguna con peces dorados”, es un balneario a orillas del Pacífico y forma parte de lo que sería el área metropolitana de Trujillo. Es muy visitado por turistas amantes del surf. Formó parte de la “Ruta Moche” un recorrido turístico que atraviesa una serie de lugares y sitios arqueológicos que fueron parte de la Cultura Mochica y Chimú. Supo ser un importante puerto para la región, donde los Mochicas dieron origen al ceviche, plato principal de la gastronomía peruana.

Si bien es la playa más concurrida de Trujillo, no esperen encontrar en ellas algo al estilo caribeño: es más bien para darse un chapuzón si el calor aprieta o tirarse a tomar un poco de sol en las pequeñas y rocosas playas, mirar el mar, ver a los famosos “caballitos de totora” pescando. Estas naves marinas, construidas de un junco conocido como totora, se utilizaron para la pesca y la navegación desde los tiempos de los mochicas y chimúes. Aún hoy se continúa con esta tradición ancestral que hace a la identidad de la región.

La postal de Huanchaco son estos caballitos de totora. Incrustados en la arena, con el mar de fondo. Paraditos, uno al lado del otro. O navegando dentro del mar.

Bordeando la playa, a lo lejos, se encuentran los humedales, desde donde se extrae el material utilizado por los caballitos desde hace más de 5 milenios. Es un parque ecológico, cerca de la Playa El Silencio, al noroeste de Huanchaco.

La chirimoya, fruta que alimentó a Andrés unos días.

La Playa, llamativamente, nos muestra dos momentos del día bien distintos: la mañana y el atardecer. Si quieren caminar tranquilos por la orilla del agua, sentarse en la arena a ver como entran y navegan los caballitos de totora, mientras los surfistas pasan por al lado de ellos, con poca gente alrededor, lo ideal es la tranquilidad de la mañana. Ahora, por la tarde, la cosa cambia completamente. La playa empieza, de a poco, a llenarse de gente. Cuando ya no caben más, se sientan en una especie de corralón que separa la playa de la calle. Llegan los artesanos y vendedores de comida que se instalan también. Pasan los autos, bajan muchas personas, cada cual pone su música y desfiladero de gente que no para. Es una especie de gran mercado callejero. Posiblemente vengan de ciudades y zonas vecinas, sobre todo si es fin de semana, y la mayoría de ellos eran locales.

La playa y el Muelle de Huanchaco, cuando va cayendo la tarde.

Por supuesto que si las tardecitas están lindas, como en los días en que nosotros estuvimos, el mar se llena y no solo los chicos, sino muchos hombres y mujeres vestidos disfrutan del agua del Pacífico.

A medida que va cayendo el sol, el pueblo se colapsa cada vez más. La Avenida La Rivera que recorre toda la playa a lo largo, se transforma en un ir y venir de coches y motos. De los restaurants ubicados frente al mar salen los mozos y mozas para “atajar” a la gente y ofrecerle a los gritos sus menús. Si te ven pinta de turista, extranjero o “gringo” van a lo seguro: “¡Venga a comerse un cebichito!”. Según cuentan en Huanchaco, el origen del ceviche es de su región. Cuna de navegantes que se servían el ceviche primigenio a base de pescado de alta mar, ají, cochayuyo y limón.

Un punto clave del balneario es el muelle. Alrededor de él, se organiza todo el movimiento de la tarde-noche. Nunca está vacío. Por el contrario, tanto la gente que va a pararse a observar la caída del sol en el mar como los pescadores que van con sus cañas y se sientan en las maderas a esperar “el pique”. Corren los chicos y las parejas se sientan sobre sus banquitos a ver el atardecer.

El muelle es una sencilla plataforma de madera que comienza desde una plaza pequeña ubicada en donde comienza la playa y culmina, dentro del mar, con dos glorietas. Por las noches se destaca desde donde se lo mire por la iluminación que recorre toda su extensión. Actualmente, la Municipalidad está restringiendo su uso (hasta llegaron a cerrarlo un tiempo) ya que la estructura de fierros y madera está a punto de desplomarse.

La placita que hay al comienzo del muelle guarda escenas muy particulares del pueblo. Algo que nos resultó muy divertido fue ver a cuatro chicos, dos hombres y dos mujeres, parados en un sector vistoso para el público circundante, junto a un equipo de música grande, típica de los ’90 que se usaba para escuchar los cassettes. Cuando se juntaron alrededor unas diez personas, los chicos prendieron la música y desplegaron su baile. Eran coreografías al mejor estilo Backstreet Boys o Madonna, muy bien coordinadas. Cuando la canción terminaba, ponían stop, rebobinaban y volvían a esperar a otro grupo de gente para repetir la historia.

Pero Huanchaco no es solo la playa con sus caballitos de totora en el mar. La parte alta es también muy interesante de conocer. Por cualquiera de las callecitas que van hacia arriba (cerca de la plaza del muelle) se puede subir. A respirar hondo, aguantar el calorcito, resistir el polvillo, que son apenas unos metros y ya estamos arriba. En la parte más alta se encuentra la Iglesia de la Virgen del Socorro. Antiguamente se dice que existía allí una Huaca dedicada a los dioses del Imperio Chimú. Sobre ella se levantó una Ermita y luego la actual Iglesia, templo católico que inicialmente era para “catequizar” a los pobladores indígenas.

Vista desde el mirador que está delante de la Iglesia de la Virgen del Socorro.

La Iglesia es muy sencilla, color blanco con detalles en bordo. Tiene, adelante, una especie de mirador desde donde se ve toda la ciudad y atrás, el mar. Por dentro también es muy sobria y cálida. Cuando llegamos había una misa o celebración, razón por la que había más gente de lo que va habitualmente ya que los banquitos de madera no alcanzaban y colocaron sillitas plásticas hasta la entrada. Al fondo, en el altar, se ve la imagen de la Virgen del Socorro, que le da nombre al templo.

Al ladito de la Iglesia, el Cementerio Municipal.  Ningún paredón esconde lo que ahí se encuentra: un terreno con tumbas, todo armado de forma muy casera, con las montañas de fondo. Pese al ambiente gris que lo rodea, hay muchas tumbas pintadas de color con dibujitos, flores frescas y mensajes simpáticos, en vez de lápidas frías.

Cementerio Municipal

Complejo Arqueológico Chan Chan

Llegar a Chan Chan es muy sencillo: se paran en la avenida principal de Huanchaco, frente al mar, y paran cualquier micro que pasa. Les preguntan si lo llevan al sitio y si esa no es la que hace aquel recorrido, les dirá cuál es la que deben tomarse. Cobran alrededor de 2 soles y te dejan en la entrada, pero en la ruta. Una vez ahí, hay que caminar unos 500 metros hasta llegar al ingreso principal. Quien es perezoso para caminar, se puede tomar un taxi que pasan, esporádicamente, pero pasan, llevando pasajeros a las ruinas.

Camino de la ruta hasta el ingreso de Chan Chan.

El Complejo Chan Chan está situado frente al mar y tiene aproximadamente 20 Km2. Se paga la entrada y se ingresa al “laberinto”. La zona que se visita está formada por un conjunto de recintos de adobe amurallados (ciudadelas) y algunas pirámides. Todo lo demás, son estructuras mal conservadas o destrozadas.

Recorrer el interior de este sitio es meterse dentro de un laberinto de adobe. El único punto flojo es la falta de referencias en cada lugar. Sí está bien la señalización de los caminos para no perderse, aunque la curiosidad puede que nos lleve a lugares fuera del recorrido. Atravesar esos pasillos largos color arena, bien alisados como si les hubieran pasado una palita de esas con las que jugábamos en la playa para achatar los castillitos. Murallas onduladas como las formas de las olas, van acompañando el movimiento del recorrido.

Complejo arqueológico Chan Chan

Se va pasando por distintos sectores, de los cuales cada uno de ellos representaba una función distinta. El conjunto amurallados de Nik An (Casa de Centro) es un despliegue de imágenes de alto relieve en las paredes. Representación de peces, olas, pelícanos, rombos, demuestran la importancia que el agua y el mar tenían para la Cultura Chimú. Este sector se encuentra perfectamente cuidado, incluso hay techos que cubren muchas de las paredes, supongo que por la fuerza del sol.

Dibujos en las paredes de Chan Chan

Lleva un buen tiempo hacer todo el recorrido de manera tranquila, pero vale la pena. Conocer este sitio y saber porque se ganó el prestigio de ser la capital de un importante y rico reino que tras la “conquista” fue saqueado y destruido. Cuentan que cuando llego Pizarro, la ciudad era apenas un reflejo de lo que supo ser y se encontraba ocupada por muy pocas personas. De todas maneras, en la época del Virreinato, para no perder sus costumbres, sometieron a la ciudad a ser objeto de robos y destrucción, ya que se creía que entre los muros habían escondido tesoros de oro y plata.

No sólo no había más tesoros, sino que lo poco que quedaba lo destruyeron, la costumbre de los “conquistadores” en territorio americano…

 

UN PASEO POR TRUJILLO

Trujillo es la típica ciudad colonial que parece lo que no es: parece pequeña, pero allá nos enteramos que es la tercera ciudad más poblada del Perú.

“La ciudad de la eterna primavera” como se la conoce por su agradable clima, fue “fundada” en 1535 por Francisco Pizarro. Antes de la llegada de los españoles, era territorio de las culturas Chimú y Moche.

La terminal en la que paramos se encontraba a unas 10 cuadras del Centro Histórico de Trujillo. Como era bien tempranito de mañana y no hacía calor, fuimos caminando hasta allá, mochila al hombro. Cuando llegamos a la Plaza de Armas consultamos por algún hostel cercano y nos recomendaron El Mochilero, a cuatro cuadras de la plaza, sobre la Calle Jirón Independencia y a una cuadra de la Avenida España, que, si se la ve de arriba, tiene una forma elíptica, ya que se creó siguiendo las huellas de la antigua muralla para proteger la ciudad. Allí dentro se contiene el Centro Histórico.

El hostel es sencillo, barato y confortable. Lo bueno fue que al estar en la ciudad en enero descubrimos que era época  del Festival de la Marinera, uno de los eventos culturales más importantes de Trujillo. Se trata de un concurso de Marinera, un baile típico de la región, en el que participan gran cantidad de parejas de baile de distintos puntos del país.

Los chicos del hostel practicando el Baile de la Marinera para el concurso

El Concurso de realiza en el Coliseo Gran Chimú. Cuando pasamos por allí nos llamó la atención la gran cantidad de personas y carteles que había por fuera, pero no supimos que se trataba del Concurso hasta que llegamos al hostel. Cuando dejamos la mochilas y pensamos en descansar un rato en el patio interno que había, una pareja se puso a bailar, acompañados por una especie de coreógrafo que les iba dando las indicaciones y que, junto a un equipo de música, era quien ponía el play y hacía las pausas. Ahí supimos del concurso. Ver bailar a los chicos era muy lindo, teníamos ahí mismo, frente a nosotros, una demostración del baile.

Con un aire a los bailes folclóricos típicos de los países sudamericanos, la chica llevaba una pollera que movía hacía todos lados y el muchacho que la acompañaba, un sombrero y en la mano derecha un pañuelito blanco. Los chicos eran de otra ciudad y venían a competir. Se quedaron algunos días en el hostel y ahí estaban, por las tardecitas y mañanas, ensayaban a la vista de nosotros.

La verdad es que para mí fueron una gran compañía durante el día en que, por razones estomacales, tuve que quedarme cerca de la cama y del baño por los vómitos. Se ve que tanto anticucho, ceviche y cervecita peruana calaron profundo en mi estómago que es de lo más sensible. Pero como Andrés lo noto rápidamente, lo que no escaseaban en Perú eran las boticas y farmacias. La llamativa InkaFarma se destacaba cada cuadra y media aproximadamente.

Como contaba, entre que nos quedamos poquitos días y uno lo perdí a causa de mi estómago flojo, decidimos centrarnos en recorrer el centro histórico de la ciudad. ¡Ojo! Tuvimos la intención de conocer las Huacas del Sol y de la Luna, pero tuvimos que conformarnos con verlas por fuera, ya que llegamos al mediodía (después de un recorrido larguísimo) y cerraban hasta la tarde. Tristemente, dimos la vuelta.

Éstas Huacas, junto a otras como Huaca La Esmeralda y Huaca del Dragón, son zonas arqueológicas de las tantas y tan importantes que tiene la región, por la cual pasa la “Ruta Moche”.

La Huaca del Sol y de la Luna están a unos 4 km. del centro de la ciudad, pero la realidad es que para llegar en transporte público (tomar las combis que dicen “Moche”) hay que armarse de paciencia. Da la impresión que dan la vuelta por todos lados, menos por el lugar que nosotros teníamos que bajar. Supongo que por eso, cuando estás sentado descansando en la Plaza de Armas, pasan de a uno, casi como un desfile, los que te ofrecen llevarte a recorrer las distintas huacas.

Cuando finalmente llegamos, nos encontramos con dos altísimas montañas de adobe que no pudimos visitar (en realidad visitar, ya que solo se puede conocer la Huaca de la Luna; la del Sol por una supuesta falta de recursos aún no se ha investigado) ya que, según leímos en los carteles que hay en el ingreso, lo más interesante se encuentra dentro. Éste lugar, que fue parte de los dominios del reino mochica en su época de apogeo, es para visitarlo si se está al menos unos días en Trujillo.

Así fue como volvimos. Creo que le dimos tanta pena al chofer de la combi que cuando “pego” la vuelta para comenzar con el recorrido de nuevo, nos vio parados al lado de un cartel al sol, que nos llamó para subir y ni nos cobró. Todo parecía indicarnos que nuestra atención debería concentrarse en el Centro Histórico.

Plaza de Armas de Trujillo. Atrás, se ve la Catedral.

Y comenzamos. Al medio de la zona delimitada como “Cercado de Trujillo”, lugar donde se encontraba la muralla, se ubica la Plaza de Armas. Con elegantes palmeras y el buen mantenimiento del espacio, rodeada de edificios y casona coloniales de colores intensos, contrastando con un telón de fondo de montañas, nos traslada a otra época y a un lugar que vale la pena disfrutar, sentándose un rato en los bancos a observar el paisaje urbano y humano que la recorre. Al medio de la plaza se encuentra el Monumento a la Libertad, obra de un escultor alemán, hecho de mármol y cobre y representa el proceso de independencia del país.

Alrededor de la Plaza se encuentra: la hermosa Catedral que se destaca por su monumentalidad y color amarillo, el Palacio de Gobierno Municipal de un color azul intenso, el Arzobispado de un azul más suave, un destacado hotel llamado “El Libertador” y algunas casonas virreinales y republicanas que se caracterizan por el cuidado de sus frentes, pintadas de colores muy intensos y los balcones trabajados minuciosamente como si estuviesen calados y también por sus interiores.

Plaza de Armas y atrás, el Arzobispado

La Basílica Catedral de Santa María, como se conoce a la Catedral de Trujillo, fue reconstruida tres veces debido a los terremotos que la destruyeron. El edificio ocupa toda una esquina y, adelante del ingreso por las puertas frontales o laterales, hay un patio (atrio) cercado por muros bajos. Alejarla un poco de la calle, permite verla en todo su esplendor.

Por su color amarillo intenso, se ve desde cualquier punto cercano a la plaza. Tiene tres puertas frontales, la del medio la más importantes, y las de los laterales, tienen encima las torres y campanarios. El interior es bastante sobrio. Lo que más se destacan son las pinturas sobre los techos, intensas, con mucho color. Hay algunos retablos y lienzos que se pertenecen a la Escuela Cusqueña de Pintura.

Interior de la Catedral

Al lado de la Catedral, por una puerta lateral, está el Museo Catedralicio que alberga obras de la época virreinal. Administrado por el Arzobispado de la ciudad, que tiene su edificio al lado, de color azul.

Del otro lado de la plaza, el Palacio de la Municipalidad o Ayuntamiento. Es un edificio muy simétrico y clásico, color azul y blanco.

Palacio de la Municipalidad o Ayuntamiento

Uno de los caserones que se puede visitar sin pagar entrada y que tiene el acompañamiento de un guía es la “Casa de Urquiaga” o también llamada “Casa Calonge”, hoy sede del Banco Central de Reserva del Perú en Trujillo. De un frente totalmente sobrio se destaca por su color.

Entrar en estas casonas, además de ubicarnos en el tiempo en que tuvieron su apogeo, es ingresar en una atmosfera diferente: fresca, colonial, donde te dan ganas de sentarte en los patiecitos internos bajo las arcadas, sobre el piso fresco, al lado de grandes macetones, pensando en cómo habría sido la vida ahí.

Hay infinidad de cuartos, lo que demuestra que los habitantes eran muchos o bien recibían demasiadas visitas. Una de ellas fue la de Simón Bolívar, que se encuentra documentado y expuesto en una sala donde hay un escritorio que supuestamente el Libertador ocupó, mientras se llevaba a cabo el proceso de emancipación, el organizaba desde ahí su accionar en territorio peruano.

En los tres patios con los que cuenta la casa y todas sus habitaciones se encuentran objetos de todo tipo: desde adornos de la cultura Chimú hasta mobiliario de la época de la colonia y la república.

Otra vez a sentir el calorcito de las calles. Recorrerlas con detenimiento es entrar en sintonía con el movimiento de la ciudad. Ahí, va todo un poquito más tranquilo y ordenado que fuera de la Avenida España. Caminando por sus pequeñísimas veredas, se ve como todo edificio, casona o palacete colonial hoy es utilizado para los diferentes rubros del comercio local: desde restaurants, casas de venta de productos electrónicos antiguos, almacenes o bien una disquería y, estimo, algo así como “postería”, en donde la imagen que más se destaca y repite es la de Bruce Lee, a quien yo llamé Chug Lee y Andrés me corrigió, azorado, de que no lo conozca.

Balcones, ventanas y farolas de Trujillo

Los balcones te deslumbran, sean los de la Casa de César Vallejo, de un tamaño impresionante y colocados en L, siguiendo el movimiento de la esquina, o aquellos que salen de cualquier casita, color marrón oscuro como la madera, tallados y de encaje, contrastando con los colores de los frentes: amarillo, azul, rojo, anaranjado… También ventanales enrejados con formas redondeadas o curvas y las farolas callejeras destacan lo pintoresco de la ciudad.

Iglesias y conventos se encuentran en cada esquina: La Merced, San Agustín, Santa Clara… cada una de ellas diferente a la otra y a las que se puede ingresar a conocerlas, siempre y cuando estén dentro de los horarios que estipulan.

Una de las callecitas más anchas se encuentra en el Paseo Pizarro, peatonal que va de la Plaza de Armas hasta la Plazuela El Recreo. Allí sí, si es mediodía, el tránsito de gente es muchísimo y te van llevando a su ritmo. Uno de los lugares que se puede visitar es La Casa del Pueblo donde suelen haber exposiciones artísticas. Yo me encontré allí nada menos que con un Oswaldo Guayasamín.

Al final del recorrido, está la Plazuela del Recreo que corona el fin de la calle con una arcada. La historia de este lugar se remonta a la época en que Trujillo se abastecía de las aguas del Río Moche. Se creó una “Caja de agua” que se construyó donde hoy está la plazuela, con la finalidad que la reserva de agua quedará dentro del perímetro delimitado por la muralla. Hecha de ladrillo y calicanto, tenía dos pozos desde donde salía el agua. Cuando se instala el agua a domicilio, ésta quedó en desuso. Al tiempo, la fuente de agua que estaba ubicada en la Plaza de Armas fue trasladada a esta plazuela. En la década del ’80 el alcalde la ciudad, autoriza a los arqueólogos para que se descubra la obra hidráulica que fue restaurada y hoy se exhibe cubierta con un vidrio transparente que nos permite verla.

Plazuela del Recreo, al final del Paseo Pizarro.

La plazuela es muy linda de conocer. Al lado de donde nosotros estábamos sentados, se juntaron un grupito de adolescentes que se colocaban en ronda y “rapeaban” tema de hip hop.

Otro punto para conocer: el Mercado Central, a unas dos cuadras de la Plaza de Armas. Y otro, éste ya ubicado fuera de la muralla es el frente de la Universidad Nacional de Trujillo. Apenas 3 cuadras fuera del Centro Histórico, encontramos una obra de arte extraordinaria: un mural de mosaicos que cubren todo el frente de la ciudad universitaria, más de 3 km de extensión. El artista que la viene llevando a cabo desde hace más de 20 años es Rafael Hasting.

Cae el atardecer en la ciudad y nos encuentra sentados en un banquito de la Plaza de Armas… De a poco la gente se disipa, las luces se encienden, y las siluetas de los edificios se ven cada vez más lejos. Nuestra estadía en Trujillo fue breve pero intensa. Aprovechamos de vivir el clima de la ciudad, entrar en cada comercio y recoveco de lo que supo ser, hace muchos años, caserones de familias bien posicionadas en la época de la colonia.

 

 

0 Replies to “Trujillo: Historia, Playas & Posters de Bruce Lee”

  1. Hola ! Soy Trujillano… y pues, creo que les hubiese encantado la Laguna de Conache, es un oasis en pleno desierto a una hora y media mas o menos del centro de Trujillo.

  2. Hola Jorge, como estas ?? muchas gracias por el dato, la ciudad nos encanto así que es muy probable que volvamos a ir, y en esa oportunidad podremos visitar La Laguna Conache.
    Saludos Andrés y Victoria.

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