“Cheguei ao nome da cidade / Não à cidade mesma, espessa
Rio que não é rio: imagens / Essa cidade me atravessa”

Caetano Veloso (O nome da cidade).

 

Por: Victoria

Cierro los ojos y pienso en Río de Janeiro. Siento el calor que me pica sobre los hombros y la cabeza. Siento el olor a vegetación tupida mezclada con asfalto quemado. Me coloco en el lugar donde me gustaría estar un ratito para olvidarme del invierno de estas latitudes: enfrente al mar. Abajo de la sombra de una palmera, escuchando el ruido del agua, el movimiento del mar que va y viene y de repente rompen las olas con fuerza. El olorcito a sal, la pesadez de la humedad y el “bla bla bla” de los cariocas que van y vienen a cualquier hora del día al rayo del sol.

Como amante del mar, Río era una ciudad que me llamaba mucho la atención. Tiene todos (o casi todos) los condimentos para hacerlo un lugar en el que a mí me gustaría vivir: tiene mucha agua y mucha vegetación. Tiene calor, es imponente, y la calle es EL LUGAR de los cariocas. Pero más allá de la “foto-postal” que vemos en todos lados de “Río, la Cidade Maravilhosa”, es mucho que más que esas playas anchas llena de sombrillas de colores y gente semidesnuda disfrutando de sus cuerpos al sol.

Barrios para caminar con tranquilidad e ir encontrando cosas llamativas en cada uno de ellos. Puestos de frutas y verduras callejeros con la variedad más grande que vi y el sabor más rico que probé. Micos (monos) que pasan entre las ramas de los árboles. Subidas y bajadas que, a veces, se complican con el sol. Los edificios que se mezclan con los morros. Los miradores. Los antiguos fuertes. El bondinho (teleférico del Pao de Azúcar) y el Corcovado que, como guardianes, se ven de casi todos los puntos de la ciudad desde donde mires. Los puertos, las barcas, barquitos y veleros. Las favelas. Los murales, las pintadas en la calle, los empedrados. Las carrozas guardadas cerca del Sambódromo. Un Centro Histórico donde perdes de vista las referencias y el tumulto de gente te alteran el recorrido. Las manifestaciones en un momento donde al aire se nota caldeado. Antiguas Iglesias, Palacios, el puerto. Los Museos, los conventos. Las escaleras y los arcos. Los amaneceres, las nochecitas y, por supuesto, los sorbetes.

La Ensenada de Botafogo desde el Barrio de Urca.

Rio de Janeiro es considerada la segunda ciudad más poblada de Brasil con casi 7 millones de habitantes. Fue la capital del país hasta la construcción de Brasilia en 1960, a donde se trasladó posteriormente.

Los portugueses llegaron a la Bahía de Guanabara el 1 de Enero de 1502. Como creyeron que la desembocadura de la Bahía era un rio le pusieron por nombre “Rio de Janeiro” (Rio de Enero). Con el establecimiento de los portugueses en el lugar, empezó una época colonial que diezmó cada vez más a la población indígena y que consumió gran parte de las riquezas naturales de una selva tropical virgen. Para ganarle espacio habitable al paisaje, demolieron morros y rellenaron lagunas. Surgieron las primeras plantaciones de caña de azúcar y con esto, la llegada del mayor tráfico de esclavos africanos.

Río fue capital del Reino de Portugal y del Imperio de Brasil, incluso vivieron allí los Reyes de Portugal exiliados del viejo continente por el avance de Napoleón.

Hoy, es uno de los principales centros económicos, financieros, culturales y turísticos del país.

Vista desde el Mirador del Morro de Urca.

Nuestra llegada a Río podría considerarse mágica desde el inicio: sobrevolar la ciudad de noche es encontrarse realmente con ese adjetivo con el que la suelen presentar: Maravilhosa.

Llegamos al Aeropuerto del Galeao, como se lo conoce, y cuyo nombre es Aeropuerto Internacional Antonio Carlos Jobim (en honor al músico de bossa nova) alrededor de las siete de la tarde. Ya de noche, pero con el calor aun en el ambiente, tomamos el famoso “frescao” (frescao.com.br), un micro que por un precio económico conecta tanto el aeropuerto internacional como el Santos Dumont, con distintos puntos de la ciudad. Nosotros tuvimos un buen rato hasta llegar a Botafogo, el barrio que elegimos para alojarnos.

Como bien recién llegados, mirando todo por la ventanilla del bus, la ciudad en el esplendor de su noche, toda iluminada; nos bajamos antes de tiempo. El calor era abrumador, la noche estaba espesa, todavía se sentía en el aire la pesadez y la humedad del día. Un chico que iba caminando a un ritmo meteórico nos guió y nos acompañó hasta la dirección que estábamos buscando. Todavía sigo sin entender como con tanto calor, este podía caminar de una manera tan ligera. Nosotros detrás de él, medio corriendo con la mochila a cuestas, empezamos a sentir lo que nos esperaba. Andrés está más acostumbrado a la humedad (pese a que Santiago tiene un clima muy seco) pero conmigo bien aplica el comentario nunca mejor dicho “lo que mata es la humedad”.

Llegamos al hostel que elegimos para hospedarnos: Rio Nature Adventure Hostel (www.rionature.com). Hubo que hacer un último esfuerzo y subir una calle empinada y unas escaleras que, con la mochila a cuestas, hacía temblar un poquito los pies. Pero ya estábamos en Río, ya nos habían recibido las luces, el calor, la multitud en la calle, nada mal para empezar.

Vista hacia el Cristo desde el hostel en Botafogo.

Botafogo: algo más que cirugías y lugar de paso

El barrio de Botafogo se encuentra en la Zona Sur de Rio de Janeiro. Hacia un lado está Copacabana y Urca y hacia el otro Flamengo. Conocido por la foto turística en la que está la Ensenada con sus barquitos y por detrás se ve el Pao de Azúcar. Sus aguas no son aptas para baño, pero si se ocupa la playa para hacer deporte (principalmente para jugar al fútbol) y tiene un corredor de ciclovías que es muy transitado.

Los cariocas lo llaman “el barrio de las clínicas” por la cantidad de clínicas estéticas que allí se encuentran. También hay consulados, colegios, caserones antiguos y nuevos edificios de cantidades de pisos.

Nosotros lo elegimos por varias cuestiones: primero porque no era “tan turístico” como Copacabana o Ipanema y los precios, por ende, más accesibles. Segundo, porque en las crónicas lo muestran como un barrio que, si bien supo albergar a las clases acomodadas de Río, hoy está atravesando un período de cambio y adaptación donde reaparecen los mercados, galerías, resto, tiendas de diseñadores locales. Otro punto importante: tiene el Metro cerca. Y para Andrés, que quería investigar un poco sobre Mané Garrincha, el ídolo del mítico Club de Botafogo, era el lugar indicado. Todo calzaba y no le pifiamos. Durante los días que estuvimos, nos adaptamos fácil (¡muy fácil!) a la vida del carioca de por allí, incluso hasta en la cantina de la esquina a la que íbamos a la mañana, a la tarde o a la noche a tomar una Skol bien fresca.

El Club Botafogo es un Club de Fútbol y Regatas de los más antiguos de Rio de Janeiro. Junto con el Flamengo, Fluminense Vasco da Gama compiten en los “Clásicos” más picantes de la ciudad. La sede del Club se encuentra en éste barrio. Nos quedaba de pasada obligada cada vez que íbamos hacia Urca. Un día en el que pasamos y vimos mucho movimiento de gente, entramos. Había en el interior una feria de diseño. El edificio es un palacete colonial de la década del ’20 en donde se concentran la parte administrativa y directiva del Club, pero también un complejo deportivo que incluye canchas, gimnasios, centros de entrenamientos, piscinas. También un restaurante, tienda de productos del Club y un Museo. Todo preparado para que los amantes del deporte, fundamentalmente del fútbol, puedan pagar una entrada (un poco elevada) y conocer las instalaciones. Frente al Club, un mural larguísimo que contiene la caras de los principales ídolos del Club a lo largo de los años, desde Nilton Santos hasta el uruguayo Sebastián “el loco” Abreu.

Acá el link del Post de Andrés en “Fútbol por actores secundarios”: Buscando a Mané Garrincha.

Andrés con el mural de los ídolos del Botafogo Fútbol Club

El pequeño Leme, el antiguo Urca y Praia Vermelha

Caminando desde Botafogo, atravesando un túnel, llamado Túnel Novo (donde uno se podría quedar horas por lo fresco que está) se encuentra, del otro lado, la división entre Leme y Copacabana.

Unas cuatro cuadras pasando el Túnel, nos encontrábamos con la playa “bloqueada” por una especie de Estadio armado en la arena. Efectivamente, era el Arena Beach Volleyball donde, al caer la tarde, se jugaban partidos de una serie ya estipulada y donde la gente lo vivía tan eufórica con música, presentadores, aplausos, que parecía una postal de un mini maracaná.

Técnicamente el barrio de Leme serían unas pocas calles, donde se destaca la playa con algunos surfistas, el mirador con algunos pescadores, bañistas a la sombra del Morro y el Forte Duque de Caixas. Del otro lado se encuentra el Barrio de Urca, al cual no se puede llegar desde este lado por el Morro de Babilonia, que está justo al medio de ambos barrios, donde están las Favelas Babilonia y Chapeau Mangueira.

Playa de Leme

El Forte Duque de Caixas o Forte de Leme es una de las fortalezas militares más antiguas de la ciudad. Un empedrado camino cuesta arriba de 800 metros cruza una exuberante vegetación hasta alcanzar la cima del Morro de y su Fuerte, que desde el siglo XVIII se constituyó como un importante punto de vigilancia de la bahía de Guanabara, gracias a las excelentes vistas que se tienen desde arriba.

Lo ideal es no cometer el error en el que caímos nosotros de subir de ojotas y sin agua. Ya para los siguientes morros y trilhas, estábamos preparados. Zapatillas, bastante agua, gorro para cuidar la cabeza del sol que, sobre todo a la mañana y al mediodía, es muy fuerte. Lo bueno es que hay tantos árboles que hay mucha sombra para ir haciendo paradas de descanso y de paso, ver a los micos (monos) que andan de acá para allá a los saltos. Y lo bueno de Rio, es que siempre, por más calor que haga y el cansancio que tengamos de caminar y caminar, siempre hay un puesto callejero donde comprar una cerveza o un coco gelado (agua de coco) para tomar a la sombra de un árbol.

Subiendo al Forte Duque de Caixas.

La vista en la cima es extraordinaria. Se puede ver la Bahía de Guanabara, el Pao de Azúcar, el Corcovado y los morros de la Floresta de Tijuca y toda la playa de Copacabana.

El ingreso al Fuerte tiene una entrada de R$4, unos 14 pesos argentinos.

Mirador desde el Forte de Leme

Por el otro lado de Leme, está el Barrio de Urca, donde nació Rio de Janeiro. Estácio de Sá fue quien fundó, en 1565, la ciudad de Sao Sebastián de Rio de Janeiro, transformando a Urca en el núcleo inicial de la ciudad. Algo de aquellos aún se huele en el ambiente…

Urca es, para mí, el barrio más lindo dentro del centro y la zona sur de Rio de Janeiro. Es como estar y no estar en Rio a la vez. Está la playa, está el calorcito y esas calles cubiertas de árboles, están aquellos que pasan medio rapidito vestidos bien formales, apurados para llegar al trabajo, corriendo al micro. Y por el otro, el señor que viene caminando con su reposera y ojotas, listo para acomodarse en la playa. Es Río, pero no lo es. No es un barrio muy recorrido por los turistas, salvo por aquellos que van exclusivamente a donde está el Bondinho para subir al Pao de Azúcar. Es Río por esas vistas donde el mar aparece por todos lados. Y a lo lejos también el Corcovado. Pero el ritmo es distinto. Es tranquilo, es pausado. No es la euforia de la gente en Copacabana o Ipanema.

Urca es un barrio residencial con casitas bajas o pequeños edificios. Llegamos ahí caminando desde Botafogo. Nos encontramos con Avenida Portugal que es como una especie de malecón pequeño, cubierto de árboles, que desemboca en una pequeña playita, muy tranquila. Más allá de la playa, la avenida continúa hasta encontrarnos con el famoso Bar y Restaurante Urca, un pequeñísimo local ubicado en una esquina, sin mesas ni sillas. Solo una barra por donde atienden a quienes va a tomar un refresco o comer algo. Un poco más allá se encuentra la Fortaleza de Sao Joao que puede visitarse pidiendo una guiada previamente.

Barrio de Urca

El barrio es pequeño y para recorrerlo tranquilo, a pie, por sus callecitas estrechas. En cualquier momento del día, sobre todo el atardecer, la Avenida Portugal ofrece una vista y una postal increíble. Se ve, a lo lejos, la Ensenada de Botafogo, con barquitos, barcos, barcazas. Más allá los morros y una perspectiva del Corcovado para quedarse un buen rato a observar.

Pero como es Rio, aunque por momentos no parezca, y el calor se hace sentir (pese a la sombra de los árboles) buscar una playita para darse un baño también está entre las opciones de este barrio. Praia Vermelha (Playa Roja) es una pequeña playa sin el tumulto turístico de aquellas más populares.

Está como oculta entre dos morros, razón por la cual sus aguas son tranquilas y sin oleaje. El agua es tibia y mientras nos estamos dando un baño podemos ver pasar el famoso “Bondinho” o teleférico que asciende al Pao de Azúcar.

Playa Vermelha

A metros de la playa, se encuentra la estación en donde miles de turistas forman filas larguísimas para tomar el teleférico. El recorrido funciona así: un primer bondinho que hace el tramo desde allí abajo hasta el Morro de Urca. Luego, en la cima de Urca, se puede tomar otro que te lleva hasta el Morro del Pao de Azúcar, que está más alto. Nosotros preferimos subir al Morro de Urca a través de una trilha (sendero, camino) porque si bien el teleférico era una buena experiencia con vistas privilegiadas, el costo no era muy económico. Además que ver las colas interminables de turistas no nos entusiasmaba demasiado, esperar horas y, encima, pagar un precio elevado (para nuestra economía, desde ya).

A un costado de la Playa Vermelha está el sendero Claudio Coutinho. Este nombre se debe a un entrenador de fútbol de la selección brasileña de la década del ’70, datos que uno va recabando cuando tenés un compañero que es fanático del fútbol y se pasa horas contando anécdotas de un club de Brasil o Palestina con el mismo nivel de detalle. Andrés, podría decirse, que es como un estadista del fútbol.

El sendero Coutinho tiene unos 2 km de largo, recorriendo el costado del Morro de Urca entre vegetación y micos. Por ese mismo sendero, antes de llegar al final, hay como una “bifurcación” que se trata de la subida al Morro de Urca.

Laguna, Ipanema & Leblon: el roce entre la Zona Sur y las Favelas

Nuestra intención, cuando salimos bien temprano esa mañana a tomar el micro, era llegar al Jardín Botánico y recorrer ese sector Sur de la ciudad donde está, además, la Escuela de Artes Visuales y el Parque Lage. Tuvimos la mala suerte que cuando llegamos nos dijeron que el Jardín abría a las 12 del mediodía. Eran como las 10 de la mañana… ¿Qué hacíamos? ¿Quedarnos ahí dos horas al rayo del sol? Decidimos salir caminando por ahí, en una ciudad tan grande como Río lo que sobran son cosas para hacer y conocer y como lo que más nos gusta es caminar… Por allí nos fuimos.

Desplegamos el mapa y vimos la Laguna, que, vista desde arriba más que una Laguna parece la superficie de un país lleno de agua. Y efectivamente, al encontrarse con ella, así es de imponente. Tanta agua, rodeada de edificios y morros.

La Laguna Rodrigo de Freitas es un enorme espejo de agua salada que se conecta con el Océano a través del Jardín de Alhá, la división entre Ipanema y Leblon.

Laguna Rodrigo de Freitas

Como contaba más arriba, en la época de la ocupación portuguesa a territorio carioca, muchas lagunas y pantanos fueron cubiertos para ganar espacio habitable. La Laguna Rodrigo de Freitas fue una de las que sobrevivió, aunque su tamaño, dicen, era el doble de lo que es ahora. Los indígenas la llamaban Sacopenapã, que significa “lago de raíces cortas” en el idioma Tupí-Guaraní. El nombre actual lo debe a quien fuera el dueño de la hacienda dedicada al cultivo de la caña de azúcar durante los siglos XVI y XVII.

Parece ser que el agua de la laguna está un tanto contaminada. Se notaba ya que nadie se bañaba ahí. Sí pasaban muchas personas haciendo deportes acuáticos, sobre todo por los Clubes de regatas que allí se ubican. Parece que sobre fines de siglo XIX se ubicaron cerca de la laguna muchas fábricas, razón por la cual, no solo el agua, sino todo el ambiente, quedo muy contaminado. Hoy, ésta situación se está tratando de revertir. Sin embargo, los deportes elegidos por los transeúntes son las caminatas, trotes, bicicleteadas y deportes acuáticos como los piragüistas.

Todo alrededor de la laguna tiene un sendero para los caminantes. Con sectores arbolados y algunos barcitos o puestos de venta callejera de refrescos, lo ideal es parar a descansar y tomar un coco gelado.

Caminando sobre el sector oeste de la laguna hacia el sur, nos topamos con el famoso Jardín de Alah, un canal que une la Laguna con el Océano.

Sobre la Avenida Pessoa, al costado del Canal, es donde se hace la Feria Libre.

Bajo una arbolada grandísima, miles de puestos callejeros, coloridos, con mucha gente comprando y varias Volkswagen combis color blancas en filita, una tras otra, desde donde se trasladan y descargan los productos.

Este prototipo de “feiras livres” son mercados callejeros de vendedores que ofrecen sus productos sin intermediarios, en general frutas y verduras aunque en muchos pueden encontrarse también pescados. Suelen instalarse un día fijo a la semana y los vecinos acostumbran elegirlos por sobre los supermercados tradicionales por el precio y la calidad.

Mercado Callejero en Ipanema
Las Volkswagen Kombi en Ipanema

Tiene también su atractivo turístico por ser colorida y pintoresca. Se puede investigar la variedad frutal que hay (para mi gusto la mejor fruta de toda América se encuentra en este país), copar los sentidos de colores, texturas, olores y, claramente, por su precio, llevarse algo para comer en el camino.

Si seguimos camino abajo, nos vamos a topar con la playa. Ese mismo punto sería la “división” entre los barrios de Ipanema y Leblon, aunque las diferencias son casi imperceptibles. Quizá la playa de Ipanema sea un tanto más poblada que Leblon, que tiene un tinte más familiar y ocupada por la gente del barrio. Esta “gente de barrio” que podríamos llamar “bien”. Los edificios frente al mar son grandes y lujosos y los autos ahí estacionados, no menos importantes.

Ipanema debe ser mundialmente conocida por la canción que Tom Jobim y Vinicius de Morais le compusieron: “Garota de Ipanema”, que también sirvió de nombre para un clásico bar y resto ubicado en la esquina de la Rua Vinicius de Morais.

La playa de Ipanema se extiende entre el canal Jardín de Alah (límite con Leblón) y Arpoador, que marca la división con la playa de Copacabana. Está organizada o dividida por Postos (puestos de socorristas) y cada Posto tiene su estilo particular y su propio tipo de visitantes. Estos puestos se extienden también a Copacabana.

Algunas características de estas playas de Río es que son bien anchas, lo que permite que mucha gente pueda ir, alquilar una sombrilla y una tumbona (sillas de playa) y quedarse la tarde entera. Hay duchas para sacarse la sal. Hay canchas donde jugar futbol, volley, futbol pié y miles de opciones de futbol más para lo cual los cariocas deben ser los mejores porque no solo todo el día están haciendo actividad física, sino que hacerlo en la arena y con mucho calor, es doblemente destacable. Más atrás, hay palmeras para el que busca un descanso a la sombra. Hay vendedores de pareos, hawaianas y vestiditos playeros. Hay unos baños que son pagos, pero están impecablemente limpios y cuidados. Hay casetas que te venden bebida y comida. Hay, ahí mismo, músicos que al atardecer cantan y tocan instrumentos.

Un punto importante de Río es la seguridad, no solo en la playa, sino en la calle, en el transporte público, etc. La realidad es que a nosotros no nos paso nada ni vimos nada extraño. Andábamos con cámaras, teléfonos, algo de plata, y por suerte no tuvimos ningún incidente. El asunto es, como en muchos aspectos de la vida, saber manejar el miedo ajeno. Hay gente que le gusta asustarte y decirte mil veces que tengas cuidado hasta ponerte un poco paranoico. Quizá fueron los que han sufrido algún que otro robo o atasco. Pero, como en toda ciudad grande, capital, si es importante andar con cuidado, pero no preocupado. Una noche que llegamos al hostel, un grupo de chicos chilenos que estaban de paso por unos pocos días habían ido a la playa, dejaron sus cosas y se fueron a bañar todos juntos. Mala idea. Cuando volvieron les habían sacado todas las billeteras. Y el problema que tenían no era tanto por el dinero, sino más que nada por la documentación personal que necesariamente iban a precisar cuando tuvieran que salir del país. Creo recordar que ellos fueron inmediatamente al Consulado y se lo estaban resolviendo. Pero es preferible ahorrarse el mal rato. Es un poquito obvio que en una playa con una multitud de gente, no podes dejar tus cosas de valor solas e irte a bañar. Nosotros optábamos por dejársela a alguien que estuviera al lado, para que nos cuiden los petates y, por lo general, solo dejábamos ropa, tallón, ojotas, lentes de sol y no mucho más, ni nada “tentador” a la vista ajena. De hecho, en Ipanema, debajo de las palmeras, nos acostamos a dormir una siesta y en esa hora ¡nadie nos molesto!

Del otro lado de Ipanema, en Leblon, la cosa es más o menos igual. Al final de la playa, sobre el lado oeste, hay un mirador que está sobre un morro y se llama Mirante de Leblon. Desde allí se tiene una vista hacia ambos lados de Río. Es un punto elegido por las empresas de turismo o guías que llevan a sus grupos para hacer una parada de descanso, tomar algo fresco y sacar unas fotografías.

Vista de Ipanema desde el Mirador de Leblon

Desde ahí, hacia el oeste, se ve la Favela de Vidigal, ubicada en el Morro con el mismo nombre. Este asentamiento es uno de los que fue “pacificado” y hoy, atrae a muchos turistas. Hay hostels para mochileros, pousadas y hoteles de lujo. Hay terrazas en las que se hacen famosas fiestas electrónicas que duran hasta el amanecer. Hay bares y restaurantes. Y desde el Morro dos Irmaos la vista de la ciudad es extraordinaria.

La favela de Vidigal vista desde Leblon

Cuando hablamos de las favelas supongo que lo primero en lo que pensamos es en asentamientos similares, propio de la geografía de cada uno: villas, barrios pobres, con bastantes dificultades y faltos de recursos, higiene, sanidad, necesidades básicas. Yo pensaba en “Ciudad de Dios”, la película brasileña basada en una historia real que muestra el enfrentamiento entre dos facciones dentro de la favela llamada del mismo nombre que la película.

Ciudad de Dios ni siquiera es una favela “vistosa”. Ubicada en la parte trasera de Río, es uno de los asentamientos más complejos y más estigmatizados. El contraste entre las drogas, las armas y los niños, junto a algunos programas que intentan darles otras posibilidades a sus habitantes, lo convierte en un espacio difícil de definir y de abordar. Fue construida como un proyecto habitacional en la década del ‘60, durante la dictadura militar, cuando el gobierno desalojó a los residentes de las favelas de Ipanema y Leblon y destruyó las casuchas para que la postal que los turistas encuentren de Río no sea esa justamente.

Arpoador para atardeceres y la turística Copacabana

Del otro lado de Leblon, como en la punta opuesta, está la Playa de Arpoador. Es la “continuación” o finalización de Ipanema. Del otro lado, está Copacabana, pero no es posible acceder por la playa porque hay una formación rocosa que lo impide.

Arpoador es pequeña pero muy concurrida. Esa especie de costanera que tiene Río de Janeiro, mundialmente conocida por las ondulaciones en el suelo de Copacabana, acá también están. Un poquito más atrás, una continuación de árboles pequeños pero bien pegaditos uno al lado del otro hacen la sombra suficiente para sentarse a descansar. Hay artesanos que tiran su paño y venden sus productos, hay músicos, y, como no puede ser de otra manera, gente haciendo deporte.

Tom Jobim en Arpoador

Atravesando la acera de la costanera, hay una escultura en bronce de tamaño real de Tom Jobim. Se lo inmortalizo con su imagen caminando con una guitarra al hombro. La escultora que lo realizó es Christina Motta, la misma que hizo a la famosa Brigitte Bardot ubicada en Buzios.

A pocas manzanas de donde está emplazado Jobim, está el ya mencionado Bar Garota de Ipanema. Sin dudas era el barrio elegido por quien fue (y es) uno de los iconos de la música popular brasilera.

La escultura incorpora una placa en el suelo con los versos “Mi alma canta / veo Río de Janeiro”, haciendo mención a una de las canciones del Jobim.

Llegando al Posto 7, está la Piedra de Arpoador y por detrás el Parque Garota de Ipanema. Este lugar de esparcimiento no es la gran cosa, es dificultosa su entrada (no es fácil de encontrar). Nosotros lo atravesamos para pasar de Arpoador a Copacabana. De todas formas, los cariocas dicen que allí los fines de semana hay conciertos y eventos para ver y disfrutar.

La piedra de Arpoador es el lugar elegido para ver los atardeceres. Tiene distintas alturas, pero no es muy elevada. Sentados en la punta de la piedra, podemos ver a los surfistas que están buscando esas olas fuertes que golpean contra esta formación rocosa, y de fondo, a lo lejos, se ve toda Ipanema, el Morro Dois Irmaos, la Favela de Vidigal y allí, por el mar, el sol que comienza a bajar (en verano).

Vista desde la Piedra de Arpoador

Del otro lado de la Piedra, antes de llegar a Copacabana, está la Playa del Diablo, llamada así por lo violento y peligroso que se vuelve el mar cuando está con mucho movimiento, que golpea fuertemente las piedras y sacude agua hacia todos lados como una lluvia. Es pequeña pero muy concurrida por surfistas, sobre todo.

Pasando al otro lado está Copacabana. ¿Qué se puede decir, contar, explicar de la playa más conocida y más popular, foto de todas las postales de este Río Maravilloso? Encuentro que cada cosa que pueda decir será redundante. Si hago el ejercicio de colocar en el buscador algo así como “viajar a Río de Janeiro”, todas las opciones (o la gran mayoría) me tiran las siguientes palabras: Corcovado, Pao de Azúcar y Copacabana. Creo que algo de esto influyo en NO tomar a Copacabana como opción para alojarnos. Claramente que íbamos a ir, pero casi que nos quedó más como “de paso hacia tal lado” que otra cosa.

Lo primero que me encontré en Copacabana fue una cantidad de argentinos caminando por la calle o tomando mate en la playa, que no sabía si estaba en la Bristol marplatense o en otro país.

Atardecer en Copacabana

A Copacabana se llama popularmente la “Princesinha do Mar”. Encontró su auge en la década del ’40 cuando se convirtió en punto de encuentro entre los “ricos y famosos”. Símbolo de esa época es el famoso Hotel Copacabana Palace que aún hoy deslumbra y se “recorta” entre tantos edificios modernos, en plena Avenida Atlántica.

Este barrio coqueto, turístico y populoso, entre tantos adjetivos que lo pueden caracterizar, se vuelve aún más lindo cuando cae el sol, al atardecer.

La “Orla” acompaña nuestro recorrido de punta a punta. Se trata de esta inmensa obra de mosaicos que simulan las olas, en blanco y negro, realizada por el artista plástico brasilero, que se destacó como arquitecto y paisajista: Roberto Burle Marx. Este paseo tiene 4 km de longitud y fue completado en 1970.

Playa de Copacabana

Cuando se esconde ese sol que nos quemó la piel durante todo el día, el mar se calma. Algunas personas siguen recostadas sobre sus reposeras en la playa. Otros, continúan con sus actividades: caminatas, trotes, paseos por la ciclo vía o haciendo ejercicios en esas máquinas que se encuentran sobre la playa. Las luces se prenden y empiezan a iluminar tenuemente a los artesanos que tiran su paño sobre el mosaico del suelo. Es el momento ideal para sentarse a tomar algo en las casetas de la playa, un refresco, una cerveza o una caipirinha. Ni hablar si es sexta feira (viernes) en donde los músicos tocan contentos y a los gritos y los cariocas, no se quedan atrás, y festejan como si fuera el último día. Por supuesto que no faltan todos los chicos (y no tanto) jugando al fútbol, entrenando, en la arena. Después preguntan porque los brasileros son de los mejores jugando a la pelota. Juegan en los potreros, en la calle, la vereda, la playa o donde sea. Y la gente que se detiene a mirar, ahí está la “pasión de multitudes”.

Hay miles de hoteles, restaurantes y tiendas. Quizá sea un poco de eso lo que llama la atención de los turistas para quedarse en este barrio pero, como decíamos con Andrés, vivir en un lugar, de cara al mar, a ese mar, te cambia la actitud del día a día, sobre todo para los amantes del calor.

Arte y arquitectura en el Centro Histórico

El Centro Histórico de Río debe ser de lo menos “publicitado” para los visitantes, sin embargo hay cosas muy interesantes para visitar.

Cuando tomamos el metro, alrededor de media mañana en la estación de Botafogo para bajar en Uruguaiana, pensábamos en tomar un punto de referencia como si fuera Plaza de Armas, que en el común de los modelos españoles impuestos en la época de la Colonia, era a partir de donde se estructuraba toda la ciudad. Bueno, nada de esto es aplicable en Río. No hay una especie de “forma lineal” o trazado común desde donde comenzar a recorrer este sector histórico. Todas las edificaciones (palacios, iglesias, conventos, museos) están dispersas. A esto hay que sumarle que el tumulto de gente, el bullicio, el tránsito es bastante caótico.

La Plaza XV de Noviembre es uno de los puntos de referencia en el que nos ubicamos para partir. Se trata de una gran explanada donde está emplazado el Palacio Imperial. Este edificio, que cuando nosotros llegamos estaba cerrado, funciona hoy en día como Centro Cultural utilizado para exposiciones y espectáculos, como Biblioteca y también, tiene un resto.

Centro Histórico, Palacio Imperial.

Hasta la explanada de la Plaza XV de Noviembre llegaban antiguamente los barcos, por esto es uno de los puntos más antiguos de la ciudad. Allí se encuentra el Chafariz da Pirámide, una fuente de piedra que servía para abastecer de agua dulce a los barcos que allí atracaban.

En el lado de enfrente al Palacio se encuentra hoy una especie de Estación marítima y mercado de donde salen los barcos que van a Niteroi.

El Palacio Tiradentes es otro de los edificios majestuosos que se encuentran al lado del Imperial. De estilo neoclásico y con unas columnas altísimas en su entrada fue la sede del Congreso cuando Río de Janeiro era la capital del Brasil. Se puede visitar y recorrer su interior.

A unas pocas cuadras está la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria. Como todas las Iglesias, sobre todo en los mediodías de calor aplastante en Río, es por dentro un oasis de frescura. Oscura, fresca, amplia. Tiene tres naves (una central y dos laterales) y una cúpula para quedarse mirándola durante un largo rato. Construida en piedra caliza que fue traída de Lisboa, tiene un pequeño halo de luz que entra por un pequeño agujero circular, cumpliendo con la misión del cristianismo de hacer sentir al fiel cerca de Dios. Nosotros no somos creyentes, pero creo que fue lo más cerca de este Dios que pudimos sentirnos.

Cúpula de la Iglesia Nuestra Señora de la Calendaria

Un punto aparte de este recorrido merece el recientemente inaugurado Museu do Amanha (Museo del Mañana). Si bien Río, como toda ciudad grande, tiene muchos museos, uno para cada especialidad (Historia, Historia Natural, Arte, Fútbol, entre otros) éste era distinto y por eso, queríamos y teníamos que ir.

Siempre que me encuentro con alguien que está por irse a Río unos días les pido, casi les suplico, que no dejen de conocer este lugar. Nadie se va a arrepentir. No es un Museo tradicional, para nada. Hay mucha tecnología y es, básicamente, interactivo.

Fue inaugurado en diciembre de 2015 en la Plaza de Mauá. Este sector en donde está emplazado el nuevo Museo forma parte de un proyecto de recuperación de toda la zona portuaria y Centro Histórico. El proyecto se llama Porto Maravilha y este Museo, es la demostración de la nueva arquitectura de vanguardia y modifica completamente las bases tradicionales museísticas.

Museo del Mañana

Nosotros fuimos un día martes, razón por la cual no pagamos entrada (esto vale para este Museo y el de Arte de Río que está enfrente). Normalmente el ingreso tiene un valor de R$10 (unos 35 pesos argentinos) que realmente valen la pena.

Sería imposible contar sector por sector, obra por obra, de cada una de las cosas que se encuentran en su interior. Hay instalaciones interactivas, audiovisuales, juegos, pantallas, luces y sonido envolvente. Y mucha información. Se trata de entender el mundo desde el Big Bang hasta el futuro más cercano que nos espera a partir de algunas referencias como son el cambio climático, los avances tecnológicos, los cambios en la biodiversidad, el crecimiento de la población y la expansión del conocimiento.

Interior del Museo del Mañana

El interior está dividido en 5 secciones: Cosmos, Tierra, Antropoceno, Mañanas y Ahora, con el objetivo de hacer un recorrido por la historia del universo y en especial de nuestra tierra desde su formación, pasando por la aparición del hombre y su impacto sobre la misma.

Por fuera es tan llamativo como por dentro: una estructura totalmente futurista, parece como flotando sobre el mar que está de fondo. El español Santiago Calatrava diseñó este edificio de unos 15.000 metros cuadrados, aprovechando al máximo la luz natural y la fuente de agua que forma como una especie de piletas en la parte trasera.

Frente a este Museo y a la explanada enorme que tiene en su frente, está el Museo de Arte de Río (MAR). Como teníamos el pase libre, no podíamos no ir a visitarlo. Este edificio también forma parte del Proyecto Maravilha y fue inaugurado en 2013. Está formado por la integración de dos edificios antiguos (uno un Palacio y el otro una terminal de buses). Ambos están interconectados por dentro, generando unos espacios expositivos enormes. Arriba, una terraza con una vista de toda la zona, desde donde se ve el cartel que dice Cidade Olímpica, con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos en agosto de este año.

Vista desde la terraza del Museo de Arte de Río

Para nuestra grata sorpresa, había un montón de grupos escolares trabajando dentro del Museo, en varias de sus salas. Las exposiciones, a través de las diferentes salas, van contando la historia de la ciudad a través del arte brasileño y su evolución.

Interior del Museo de Arte de Río

Catedral, Arcos & Escalera

Bien cerquita del Centro Histórico, caminando hacia el famoso Barrio de Lapa (popularmente conocido por sus arcos) encontramos un edificio que se destaca por recortarse de su entorno y es la Catedral Metropolitana de Sao Sebastiao. Es un edificio completamente novedoso para ser asociado a la Iglesia Católica. Se trata de una construcción monumental con forma piramidal-circular.

Dedicada a San Sebastián, el patrono de Rio de Janeiro, fue construida entre las décadas del 60 y 70. Totalmente diferente de las otras Iglesias que habíamos visto, ésta Catedral, por dentro, es alucinante. Tiene una capacidad en su interior para albergar a 20.000 fieles que se congregan en las misas y otros eventos propios de la religión católica.

Por dentro es oscura, sombría, con una luz muy tenue que, al comenzar a recorrerla, las luces de colores de los vitrales entran en el interior como rayitos de luz. Para conseguir un efecto aún más tenue, la parte superior del gigantesco cono está rematado por una enorme cruz transparente desde cuyos lados parecen brotar los vitrales de brillantes colores que están orientados a los cuatro puntos cardinales, por lo que el efecto de la luz natural es mágico.

La parte superior de la Catedral de San Sebastian.

Quedarse un momento dentro de ese espacio mágico nos aísla completamente de lo que ocurre afuera, intención que supongo tendrá que ver con la finalidad con la cual se realizó este templo. Generar un espacio que nos separe y resguarde del afuera para que sus fieles pueden conectarse y comunicarse con Dios.

Salimos de esa gran monumentalidad que es la Catedral y cruzando la calle y apenas unos metros más allá nos topamos con el Acueducto Carioca o popularmente conocidos como los Arcos de Lapa. Estos Arcos de un blanco intenso que atraviesan de un lado a otro, es un acueducto que se construyó a mediados de Siglo XVIII para llevar agua desde el Rio hasta el centro de la ciudad. Son 42 arcos en dos pisos o niveles que se conectaban entre dos morros.

Arcos de Lapa

Cuando el acueducto dejó de funcionar como tal, inició su recorrido por arriba de los arcos el famoso Bondinho de Santa Teresa, un tranvía de color amarillo que se transformó en el principal medio de acceso al barrio de Santa Teresa. Debido al mal estado de conservación del tranvía y a varios accidentes que se produjeron, el bondinho dejó de funcionar en 2011.

Mi sensación al caminar por lo arcos fue la de recorrer un lugar que estaba abandonado desde hace años. El olor a pis y la gente durmiendo debajo de los arcos convierte a la zona en un rodeo de policías. Por la noche la zona recupera su encanto al llenarse de la gente que se congrega fuera de los bares y pubs que hay alrededor de los arcos. Eso quizá explicaría lo del olor a pis.

A unas pocas cuadras de los arcos, escondida entre callecitas pequeñas está la Escadaria Selarón. Sería algo así como “la entrada” al Barrio de Santa Teresa. Su nombre se debe al artista chileno Jorge Selarón que revitalizó y revalorizó la zona al transformar esa escalera en una gran obra de arte.

Jorge Selarón llego a Río y a los pocos años comenzó a dedicarse a la misión que lo ocupo hasta su muerte. Revistió la escalera, pieza por pieza, azulejo por azulejo, en cada escalón. Luego siguió por las paredes y así, hasta completar todo el espacio de pequeños azulejos, que incluso, cuando él ya se había hecho conocido por su labor, mucha gente le traía piezas especialmente desde la parte del mundo de donde venía para que él las colocará allí. En enero de 2013 la obra paro, luego de 20 años de trabajo, cuando Selarón fue encontrado muerto al pie de la escalera.

Escalera de Selarón.

Cuando se llega al final de la escalera, nos encontramos con el Barrio de Santa Teresa y con el gigantesco Convento que parece, desde allí arriba, vigilar toda la ciudad.

A Santa Teresa la llaman la “Montmartre Carioca”, un barrio lleno de historia que supo ser, a principios del Siglo XX, asentamiento de grandes casonas y palacetes. Hoy es un punto elegido por los turistas razón por la que hay muchos alojamientos y restos.

Río es una ciudad espesa, potente, con alegría y furia a la vez. Los cariocas son así: con mucha energía, intensos. Río es una ciudad para quedarse un tiempito. Para mí, para Andrés, que somos amantes del mar, del calor, la vegetación, es una ciudad ideal. Pero ese calor, a veces, se vuelve aplastante y por momento levantar los pies para caminar sobre un morro se vuelve un poco tedioso. Sin embargo su encanto te envuelve. Río es por lo que es por el mar, el sol, la espesura, los cariocas.

 

BONUS TRACK: CORCOVADO

No teníamos pensando en el transcurrir de los días subir al Cristo Redentor. Finalmente, lo hicimos el ultimo día, cuando volvíamos de Ilha Grande. Si bien los días no acompañaban mucho, ya que durante los mediodías el cielo empezaba a cubrirse de nubes, decidimos ir igual.

Las opciones para subir al famoso Cristo son varias, entre ellas las tres más utilizadas son: autobús o taxi como medio más directo. Otra es el famoso Tren del Corcovado que sale desde la Estación Cosme Velho. Tiene un costo aproximado de R$60 (unos 200 pesos argentinos) y el recorrido es atravesando el Parque Nacional del Tijuca. Nosotros elegimos la tercera opción: las combis de Paineiras Corcovado, un servicio de vans (combis) que salen desde distintos puntos de la ciudad. Optamos por este medio de transporte por que el punto de venta de entradas y salida era desde Copacabana y nos quedaba apenas unas cuadras. El punto está ubicado sobre la Plaza de Lido, a media cuadra de la playa, sobre el Posto 2. El valor era de R$56 (190 pesos argentinos) e incluye la ida, la vuelta y la entrada.

Nosotros salimos alrededor de las 13.30 en la Van. La distancia es de aproximadamente unos 15km y se lo que se tarda varía según el tráfico. A los 50 minutos aproximadamente estábamos allá arriba, cerca del Cristo. Las combis te dejan en una explanada hasta donde llega el transporte, ahí mismo notamos que se estaba nublando bastante. Mala señal. Igual atravesamos todo el tumulto de gente, sorteamos los puestos de los clásicos souvenirs, subimos las escalinatas, pasamos por el costado de las confiterías atestadas de gente y en el último pedacito tomamos la escalera mecánica. Finalmente estábamos frente (o mejor dicho debajo) de ese hombre gris con los brazos abiertos y de casi 40 metros de altura.

El Cristo Redentor y un día nublado.

Como decía, las nubes estaban ahí, con nosotros. Me llamó la atención el silencio de la gente. Todos, cada uno desde su pequeño lugar, medio codeándose con él de al lado para ganarle medio centímetro, enfocan sus camaritas, celulares o cámaras de lentes gigantes, al Cristo. Todos inmóviles. De repente la nube se corre y el cielo se despeja. Todos gritan, aplauden, les dan click a sus cámaras. Pero todo eso dura apenas unos minutos. La nube vuelve a llegar. Y así, a cada rato.

En el Corcovado, todos expectantes a que se vaya la nube.

Lo que más lamente fue no poder ver con claridad la vista de gran parte de la ciudad y la Bahía desde arriba. Sin embargo la visita estuvo muy bien. Nos quedamos arriba lo necesario como para ver la reacción un tanto exacerbada de la gente frente al ícono turístico de Río. Uno puede quedarse arriba la cantidad de tiempo que quiera. La ultima van sale alrededor de las 18.30 horas, horario en que comienza a oscurecer. Hasta esa hora se puede disfrutar de la vista la cantidad de tiempo que cada uno quiera o necesite.

 

BONUS TRACK 2: PAO DE AZÚCAR

El Morro de Pao de Azúcar es el otro “imperdible” de Río. Se trata de un cerro ubicado en el Barrio de Urca. Es un cerro sin vegetación de unos 400 metros de alto.

Hoy se lo conoce como “Complejo Turístico del Pan de Azúcar”, lo que incluye los dos morros (el Pao y el de Urca) que están interconectados entre sí por medio del famoso “bondhino” o teleférico, en dos tramos.

La primera parada del teleférico es en el Morro de Urca. Hasta allí nosotros llegamos caminando. Nos fuimos preparados para subir por medio de una trilha de unos 50 minutos. Siempre vale la recomendación de ir con buen calzado, llevar mucha agua, gorro, protector solar. Una vez en la cima del morro, nos encontramos con unos miradores fabulosos desde los que se ve la Ensenada de Botafogo y Flamengo, Praia Vermelha y parte de la zona sur de Río. Además de los miradores hay toda una estructura (lógica) armada para los turistas: restaurants, confiterías, tiendas de souvenirs. También, una Sala de Exposiciones que recorre la historia del teleférico y la exhibición de antiguos bondinhos. Se suma un anfiteatro grande que se utiliza para distintos tipos de eventos.

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