Por: Victoria

“Montevideo tiene un universo de leyendas y mitos que desafían nuestra racionalidad y la imagen que hemos creado de una ciudad gris y monótona”.

Néstor Ganduglia. Historias de Montevideo Mágico.

 

Ocurre con ciertas ciudades lo mismo que con algunas personas que las conoces y construís un vínculo, una relación. A mí, hasta ahora, me paso dos veces. La primera, con la ciudad de La Plata, a donde me mudé sola a los 18 años para estudiar en la Facultad de Bellas Artes. Debo decir que ésta fue una relación un poco tortuosa, de amor-odio; pero hoy, cuando la visito, siempre aparecen los lindos recuerdos. Me olvido de como protestaba por los ruidos y el calor húmedo para disfrutar de recorrerla, recordarla y estar en compañía de mis lindas amigas de allá.

Pero acá quiero probar de contar otra historia, otra relación en la que se tendieron vínculos, a veces cortos pero intensos, y otros duraderos. Montevideo es la ciudad, la capital de mi querido paisito, la República Oriental del Uruguay.

La primera vez que pisé Montevideo fue en 2009, hace ocho años. No me tocó como destino vacacional de mis padres en la infancia, sino que llegué sola. Y fueron varios los afluentes que me llevaron hasta ese punto, más que nada el impulso lector y musical.

Siempre me gusto la música rioplatense, pese a no tener dicha pertenencia. Los cantautores uruguayos, el folclore nostálgico y las murgas que resurgen con cada carnaval. Por otra lado, Idea Vilariño, Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, pero por sobre todos, los textos de Mario Benedetti. Fue él quien me guió en cada recorrido imaginario a través de la atmósfera montevideana de sus libros. Cada lugar, cada espacio, cada rincón escondido de la ciudad y cada detalle. Me devoré libros enteros, cuentos, novelas, relatos breves, poemas de Benedetti, creando y recreando en mi cabeza imágenes de una ciudad que parecía conocer como la palma de mi mano, pero sin conocerla. El libro que más me atravesó fue Geografías, texto que aún tengo en mi poder, todo marcado y ralloneado y del cual me va a costar mucho desprenderme, porque cada tanto, vuelvo a buscar en él algún espacio de encuentro con don Mario y la ciudad.

Mi mini colección montevideana.

Uno de los textos que lleva el nombre del libro empieza así: “Pavadas que uno inventa en el exilio para de algún modo convencerse de que no se está quedando sin paisaje, sin gente, sin cielo, sin país. Las geografías, que delirios zonzos.” El cuento hacía referencia a dos uruguayos que se encontraban en el país en que estaban exiliados durante la dictadura cívico-militar (1973-1985) que golpeo a Uruguay y a tantos países de América Latina. Se encontraban y hacían un juego que consistía en lo siguiente: uno preguntaba sobre un detalle de Montevideo (un edificio, una calle, un café, un monumento…) y el otro tenía que describir ese detalle exprimiendo su memoria al máximo. Podía ocurrir que aquel dato se haya borrado, en ese instante se perdía un punto y pasaban al siguiente. Y así, sucesivamente por horas y días. Cuando leí eso, fue cuando verdaderamente comprendí de que se trataba el exilio, y no por la propia voluntad exactamente. Pero también me sirvió para conocer detalles, precisiones, rincones, a los que uno, en su afán de caminar y recorrer y fotografiar no prestaría atención y mucho menos, imagina las historias que hay detrás.

Con toda esta información, o mejor dicho “ficción” que tenía en la cabeza sobre una ciudad que, vuelvo a repetir, ni conocía, fue que decidí, a la vuelta de un viaje de Brasil, conocer Montevideo. Y quería ir sola. Quería conocer, reconocer, cada espacio que me había imaginado cientos de veces. Había construido una relación imaginaria con una ciudad desconocida.

En la Rambla

A fines de enero de 2009 con la poca plata que tenía, volviendo de pasar unas semanas en Brasil con amigas, agarré mis petates y me volví antes para hacer estadía en Montevideo. Todavía me acuerdo cuando me subí al bus en Paysandú. Tenía una monja al lado que no paraba de rezar y el micro que andaba a una velocidad meteórica, casi al unísono con mi cabeza y mi sensación de llegar al fin.

Tenía la referencia de un hostel para quedarme en el Barrio Sur. Allá me dirigí cuando llegue a la Terminal de Ómnibus de Tres Cruces.

Por dos o tres días caminé y caminé por (casi) todos lados. Ante cada punto que me encontraba y sospechaba haberlo oído o leído, iba a las referencias que tenía en la cabeza y a los cuadernos que, por suerte, me acompañan para revisar y anotar. Así ocurría con la intersección de dos calles en el Barrio de Palermo, con los bares de la Ciudad Vieja, las plazas de la 18 de Julio, las antigüedades de la Feria Tristán Narvaja o la Plaza Matriz, los pescadores parsimoniosos con su caña, su reposera y su matera en la Escollera Sarandí. Los caserones de Barrio Sur de donde se escuchan las multitudes hablar y el ruido de tambores; los turistas que bajan de los cruceros y corren desesperados a comprar en el Mercado del Puerto; el Puente Carrasco; la cúpula del Palacio Salvo vista desde el mirador de la Intendencia, el recorrido del 183 a Paso Molino; el puertito del Buceo; la playa del Cerro….

Guía de recorrida por los textos de Benedetti por la ciudad.

Recuerdo todo lo que recorrí y fue mucho. Un mediodía, muy caluroso, volvía de la Terminal de Tres Cruces en el CUTCSA (los micros urbanos e interurbanos, la compañía de transporte más grande de Uruguay) me bajé en la Ciudad Vieja y me devolví caminando algunas cuadras abajo del sol que te calcinaba hasta en la sombra. Cuando llegué al hostel (en aquel momento el HI era una eminencia) me preparé un mate, me senté en una punta de la mesa enorme que estaba en aquel momento en la cocina y me puse a ver el mapa de Santiago Vázquez, un pueblito y centro ecológico, ubicado en las afueras de Montevideo, a unos kilómetros, en la desembocadura del Río Santa Lucía. Al lado, se sentó un chico que de almuerzo tomaba sopa. De repente me pregunta: “¿No te da más calor tomar mate?” con un acento bien trasandino. Yo lo miro, veo la taza y le digo: “¿Y a vos la sopa?” Nos reímos. Ahí conocí a Andrés. Recuerdo ese momento y esa situación en particular como si fuese hoy. Recuerdo hasta lo zaparrastrosos que andábamos vestidos y empapados de calor. Así y todo, bien podría caberle la descripción de que fue “amor a primera vista (y palabra)”. Los próximos cuatro o cinco días los pasamos juntos, de acá para allá. En esos poquitos días entendimos que congeniábamos para hacer lo que más nos gustaba: sencillamente caminar y caminar por la ciudad, parar a descansar en un cordón, tomar una cerveza, mirar a la gente pasar. Reírnos mucho y charlar de allá, de acá y de todos lados.

Y sin querer queriendo, o quizá queriendo sin querer, Montevideo paso de ser la ciudad que imaginaba a través de la música y la lectura, a recorrerla, conocerla y comprenderla, en sus historias, en su ritmo y en sus colores. Y también la ciudad del encuentro. Cruzarme con un compañero como Andrés se lo debo pura y exclusivamente al azar uruguayo. Cuando él llego fue a un hostel que estaba con la ocupación completa y por eso lo mandaron al HI, el que también a mí me habían recomendado. ¿Coincidencia? ¿Tenía que suceder? Quien sabe… Esa fue la primera historia; porque luego de un tiempo sin vernos en el que no estábamos juntos, volvimos a encontrarnos, otro verano y en el mismo lugar.

Pero como dice, erróneamente, Joaquín Sabina en su canción “al lugar que has sido feliz no debieras tratar de volver”, y para echarle una contradicción, volví a ir. Vuelvo a Montevideo tanto como puedo. Volví sola, con amigos y con Andrés. Volví en otoño y primavera. Volví con el frío húmedo del invierno y con el calor pesado del verano para Carnaval.

Playa de Pocitos

La Capital Iberoamericana del Carnaval

Cuando terminé la Facultad, tenía que hacer la tesis para licenciarme. ¿Sobre qué podía trabajar? Lo pensé bastante e hice un corte con lo que venía trabajando en pintura y me aboque a desarrollar la producción sobre el Carnaval Uruguayo. Una vez más, la excusa perfecta para volcar todo el imaginario que tuve y seguía teniendo, más todo aquello que aprendí en cada viaje.

Recorrí minuciosamente cada rincón del Museo del Carnaval, ubicado en la zona del puerto de Montevideo. Apunté algunos conceptos, fotografié los trajes y las máscaras de las murgas, presté atención a los colores y las formas, los dibujos de los maquillajes, las texturas de los trajes.

La máscara que utilizó Agarrate Catalina para el culpé de Hugo Chaves en la presentación “El fin del Mundo”.

Armé un cuaderno de bitácora con todo el trabajo almacenado. Con dibujos, collages, telas pegadas. Fotos de las murgas que pude ver: Acontramano, Falta & Resto, Araca La Cana, Queso Magro… Conseguí un libro que explicaba cada uno de los detalles del concurso del Carnaval: las categorías que participan, los desfiles inaugurales, el origen del candombe, las influencias y la historia del carnaval en Uruguay. Todo el trabajo fluyó solo…

Encontré ahí los “elementos” plásticos que necesitaba para desarrollar la tesis. El resultado fue una serie de once obras llamada “Rioplatenses: Retratos de Carnaval”. Tomé fragmentos de las presentaciones de las murgas e hice hincapié en el color (básicamente la tesis era de pintura) incorporando desde los brillos del maquillaje como retazos de telas para los trajes. Mientras transcurrió el proceso me sentí en sintonía con el clima del verano carnavalero.

En el desarrollo de la tesis, casi como una palmadita para saber que venía por el camino indicado, me invitaron a participar de un encuentro de Body Paiting en el que utilicé una de las obras y la continué en un costado del rostro de la modelo.

El ultimo Carnaval, hace unos días en el tablado del Museo del Carnaval.
Cabezudos en el tablado del Museo.

El carnaval en Uruguay es la fiesta popular por excelencia y, además, es el más largo del mundo: dura 40 días. Desfiles callejeros, tablados, bailes y el concurso de cinco géneros de agrupaciones: murgas, parodistas, humoristas, revista y negros y lobulos, que se da cada noche en el Teatro de Verano Ramón Collazo, frente al Parque Rodó.

El evento da comienzo con el Desfile Inaugural atravesando la Avenida 18 de Julio, principal arteria de la ciudad. Además de las agrupaciones, desfilan los carros alegóricos, los cabezudos y las reinas. Un par de días después se produce el Desfile de Llamadas en los barrios negros de la ciudad, donde miles de tambores tocan al ritmo del candombe. Durante todo febrero y marzo, las agrupaciones actúan en los “tablados” que son escenarios barriales y en el concurso oficial, en el Teatro de Verano.

A mí lo que más me gusto y siempre me llamó más la atención son las murgas. Se trata de un género que atraviesa lo teatral y musical. Cuenta con un coro de unas 14 a 17 personas acompañadas por platillo, bombo y redoblante. Los famosos “cuplé” tienen como temática principal los acontecimientos destacados del año, realizando, a través de una línea argumental, una crítica política y social, no solo de lo que ocurrió, sino del “ser” uruguayo.

Quien nunca asistió a un tablado o a un espectáculo de murgas no pudo ver la “fervorosidad” de la gente cuando los ve. Las carcajadas de las personas es el efecto catártico para demostrar cómo podemos reírnos de nosotros mismos y de los que nos sucede no solo como individuos, sino como sociedad.  Pese a la algarabía jocosa de la multitud, el concurso requiere de una rigurosidad muy fina. La cantidad de personajes que participan, el tiempo de duración del espectáculo, todo está milimétricamente calculado.

Museo del Carnaval, frente al Puerto.

Vi algunas murgas y asistí dos veces al Carnaval. Y como dije más arriba, que vuelvo cada vez que puedo, en época de fiesta también espero hacerlo.

 

*

Pude contar en algunas palabras la relación que establecí con una ciudad que en un principio no conocía, y cómo, a medida que empecé a indagarla, todo el tiempo me abre nuevos interrogantes. Pienso en los lectores de Rayuela, la novela de Julio Cortázar. Podría suponer que al 99,9% de los que la leímos nos pasó lo mismo: sentimos que caminábamos por París y conocíamos la ciudad como la palma de nuestra mano, sin haber estado, en muchos casos, jamás. A mí me pasó con Montevideo. Una ciudad capital pero pequeña a la vez, cercana, culturalmente muy similar a nuestra patria; pero descubrí ahí una “magia” que muchos otros lugares no me producen, por más lejanos o más extravagantes que sean. Pero dudo que lo importante sea eso. Hay quien viaja a la China y vuelve siendo el mismo. Y hay quien cruza los Andes y regresa atravesado por tantas historias como personajes se atraviesan en su camino, lo importante está en quien mira y como lo mira. Hay un libro de Martín Caparrós que se llama “El Interior” y es un viaje que el autor hace en soledad por casi todo el país. En todo momento, él recuerda lo que le decía su abuelo: “Si es por buscar, mejor que busques, lo que nunca perdiste”.

 

 

 

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