Por: Victoria

Pese a que nuestro destino era Máncora, por alguna loca razón terminamos en Tumbes, al lado de la frontera con Ecuador. La “loca razón” tiene su explicación: habíamos tomado un bus que nos indicaba que alrededor de las seis de la mañana estaríamos en Máncora. Cuando desperté, en medio del recorrido, por los halos de luz que entraban por las ventanas, miré la hora, “Son las 4, falta un rato” pensé. Cuando me doy vuelta para dormir un rato más, veo, por la ventana con su cortina apenas corrida, unos carteles un tanto sugerentes: Restaurante Máncora, Tienda Máncora Beach… ¡Gracias por su visita! Lo despierto rápido a Andrés, ¡Estamos en Máncora!, en realidad, nos estábamos yendo de Máncora. Andrés sale corriendo para hablar con el chofer del bus y vuelve sin suerte: aparentemente son buses cerrados entre donde van los pasajeros y los que manejan.

Finalmente, después de hacer un par de kilómetros más y nosotros alborotados arriba del bus, nos dieron dos alternativas: o nos bajamos ahí mismo y esperábamos que pase algún auto que nos llevara de nuevo hacia atrás o seguíamos hasta Tumbes, donde finalizaba el recorrido, y veíamos allá como volvíamos. Preferimos la segunda opción, por lo menos no nos quedábamos a la noche a la deriva y dormíamos un rato más.

Al amanecer, terminamos ocho personas en una terminal de 2 x 2 preguntando por que alguien no pego al menos un grito al llegar a nuestro destino. Nadie nos dio mucha bolilla, por lo que agarramos nuestros petates y salimos en búsqueda de algún medio de transporte que nos vuelva para atrás.

Éramos, como dije, ocho: dos mujeres con dos niños de Chiclayo, nosotros dos y una pareja de gringos que entendían menos que todos nosotros juntos. Conseguimos una combi tipo “van” que nos llevó de vuelta para Máncora.

Ahora que lo pienso, podríamos habernos quedado en Tumbes, si por allí terminamos, seguramente por algo era (además de la explicación lógica de “porque nadie nos avisó”). Creo que tristemente nos pudo más el enojo con el conductor que no fue capaz de avisar cuando habíamos llegado y que luego tuviera una indiferencia total.

De vuelta para Máncora cruzamos unas playas muy lindas, chiquitas y tranquilas como Zorritos y Punta Sal. Una vez llegados a destino, la combi nos dejó en la avenida principal del pueblo. Era una locura como los chicos se nos acercaban para ofrecernos alojamiento, parecía que bajábamos de una limusina y que éramos jeques árabes.

Hay muchos lugares donde alojarse y de todo tipo, desde hostels o habitaciones bien baratas hasta hoteles más formales. Los hay en la calle principal, frente al mar en la zona céntrica, o bien alejados del pueblo.

Nosotros caminamos un buen rato, recorrimos bien, vimos precios, hasta dar con algo que no era caro y nos ubicaba bien. Se llamaba California Beach Máncora (suelen tener esos nombres y el uso de la palabra Beach para varios rubros) y era una especie de hostel pero con todas habitaciones privadas. La mayoría de quienes se alojaban eran familias. Los cuartos ubicados al fondo de la plata baja eran más grandes que donde nos ubicamos nosotros, parecían cabañas, razón por la cual familias con 4, 6 u 8 miembros se alojaban allí.

El California Beach Máncora, buena ubicación y precio accesible.

Máncora es un pequeño pueblo pesquero con una población de entre 8.500 y 9.000 habitantes. Está a unos 1.150 km. de Lima y a poco más de 100 km. de la frontera con Ecuador.

Al parecer en los últimos años se convirtió en el balneario “de moda” elegido por muchos extranjeros, sobre todo surfistas, y parada casi obligada para los viajeros mochileros que deciden cruzar a Ecuador.

Es un pueblo chico donde lo que más se destaca y se valora son sus playas tranquilas y su simplicidad: calzarte unas ojotas o andar “en pata”, caminar en maya por la calle y tomando una cercevita, todo está aceptado.

Un día en Máncora

No sé si será saber que estás a metros del mar o sentir el olor a sal. O el andar descalzo de acá para allá, pero si hay playa: me gusta madrugar.

La mañana tiene un olorcito especial, la temperatura es más linda y la energía, después de un desayuno potente, es la mejor.

Caminar por las mañanas las playas de Máncora es descubrir (o redescubrir) el pueblo en toda su inmensidad. Todo el escenario para uno solo, o dos en nuestro caso. Ir por la orilla de un mar calmo, en dirección al sol, escuchando el sonido de la brisa y alguna que otra ola que revienta y nos llega a los pies. Cada tanto, cruzamos algún o alguna desvelado/a como nosotros para aprovechar las estupendas mañanas del Pacífico. Dicen, incluso, que el mar es de un color azul más profundo durante las mañanas.

Las mañanas mancoreñas, playas desiertas y mar calmo.

Pero no solo la playa está planchada de calma, el pueblo está en total silencio. Se apaga todo el bullicio de la noche y el amanecer trae el oloricto a café que recorre las calles y en cada lugar de comida te ofrecen ricos desayunos.
Descansar de la caminata playera, darse un baño en el mar y sentarse en la arena húmeda a tomar mate es una buena opción.
Caminando hacia el norte, por la playa, aparecen algunos hoteles y hostels, o cabañas que ofrecen como su mejor valor, sus habitaciones (modestas) mirando al mar, es decir que la mejor venta sería algo así como “despertate mirando el mar”. Ninguna de estas residencias tiene nada de grandilocuente, al contrario, son sencillas y modestas, pero en un punto excelente. Algunas con vegetación adelante, en su bajada al mar. Un poco más allá de estas construcciones, cada vez más playa y alguna que otra casita pérdida…

Hospedajes al lado del mar

Cuando llega el mediodía, la opción del almuerzo es muy variada. Hay muchos mercaditos donde comprar algo para cocinar y hacerlo en el hospedaje, o puestos de comida en la calle principal de bajada a la playa: desde hamburguesas hasta “burritos” (Sí, los mismos que se comen en México, pero a la peruana: se trata de una tortilla rellena con distintas carnes –cerdo, pollo, res- y verduras). Se pueden acompañar con una Pilsen bien helada, jugos naturales o un frozen (fruta licuada con hielo).

A medida que se acerca la tarde, la playa, de a poco, se empieza a copar. Pasado el mediodía, la hora de más calor, las calles empiezan a retumbar con murmullos, la gente va saliendo. Sobre todo las familias.

También van llegando los surfistas con sus trajes de neopreno y las tablas bajo el brazo. Caminando “en pata”, se mueven apurados en el suelo y la arena caliente hasta que encuentran la orilla del mar. Y ahí van, bronceados, buenos físicos, con su pelo medio rubio por efecto del sol y el agua. Y las chicas los miran pasar. Una clásica tensión de la que ambas partes son conscientes y no lo disimulan.  ¡Hasta que al fin se meten al mar! Supongo que buscan las zonas de mejores olas. Lo curioso es que, en mi breve estadía, no vi jamás olas como para hacer surf. Sí hubo días de mar un poco más revuelto y con algún oleaje, pero olas como aquellas que surfeaba Patrick Swayze y los muchachos de “Punto Límite” (o Punto de Quiebre) no eran ni siquiera parecidas…

El quincho y malecón sobre la playa

La tarde pinta una postal del pueblo y la playa bien bien distinta a la mañana. Por las calles, ya se escucha la música de los locales, la gente almorzando tarde, las mototaxis llevando y trayendo gente. La playa repleta: familias enteras bajo las sombrillas y chicos jugando en la orilla del mar. Grupo de adolescentes (y no tanto) que, se nota, están disfrutando de sus primeros viajes sin adultos ni papas. Los surfistas copando las zonas del mar que tengan olas. Una chica sentada en la orilla del mar le saca fotos a los surfistas con una lente tan grande que no la puede ni sostener. Otra mujer hace sus ejercicios de yoga tirada sobre la arena. Al lado, cuatro niños jugando a la pelota y corriendo alrededor. Y para completar un señor con dos caballitos que los para a descansar en el medio de la playa. Como se ve, son todas las postales posibles de todas las playas del mundo. Y yo, que atiendo a cada una de estas situaciones, mientras me tomo una cerveza sentada en la arena y Andrés, que no puede controlar su frenesí por bañarse en el mar, sea el Caribe o el agua helada de Viña del Mar.

El atardecer se acerca. El sol empieza a caer. Ahora sí se ve a cada bañista con su Pilsen en mano. El quincho en esa especie de muelle de piedra que hay frente al mar, se llena de gente. Cada vez somos más… lo casual es que el momento del día en que más se llena la playa es cuando baja el sol.

Otra caminata es ideal para esta hora. Solo hay que estar atento a la pleamar, que es cuando el agua del mar sube casi hasta arriba. Ir hacia las playas del Sur, siguiendo el faro rojo y blanco, que está apostado en un terraplén. Unas casas muy coloridas se colocan por arriba de la playa: verdes, azules, turquesas, rosas, todas de techos de paja. Al final del camino, una suerte de muelle, en donde hay varios barquitos amarrados. Cuando se llega a esas playas, la arena está muy sucia, pero, casualmente, el mar se transforma en color turquesa. Y se ven, a lo lejos, los barquitos flotando, moviéndose hacia un lado y otro, siguiendo el ritmo del mar. Al final de esa playa una curiosidad: un hotel enorme, que parece un All Inclusive. Aunque si de algo se jacta el balneario es de la ausencia total de esos mega hoteles.

Caminando hacia las playas del sur…

De vuelta de la caminata, y ya oscureciendo, se ven los colores anaranjados como fuego en el horizonte. El agua toma el reflejo de estos colores. Se encienden las primeras luces. El muelle, de  poco, se ilumina. El clima del ambiente se transforma en esos atardeceres soñados.

Ya se va sintiendo la noche. La callecitas del pueblo toman un ritmo más intenso: luces, música, invitación a sentarse a comer en los restaurants de la calle, las vendedoras de los puestitos de ropa que te invitan a mirar y elegir la tradicional remera de suvenir que dice “I love Máncora”.

La opción de cena más ofertada es comer unos ricos “anticuchos”, que son unas brochetas de carne (generalmente vacuno), vegetales y especias; que se comen principalmente en Perú, Bolivia y Chile. Otra alternativa es un rico plato de mariscos con arroz. Sentarse en una mesita de la calle y degustar mientras pasa la gente caminando.

Los mototaxis entran a las callecitas en búsqueda de pasajeros, una vez que les levantan las barreras.

Llama la atención la cantidad de extranjeros atendiendo negocios. Al parecer, Máncora tiene muy buena fama de acoger a los viajeros para ofrecerles trabajo. Es una buena parada, para armarse de un poco de dinero, descansar y luego continuar viaje.

La avenida principal, aquella en la que te dejan los micros cuando llegas al balneario, es muy transitada, con espectáculos callejeros y muchos puestos de venta de artesanías.

Por ser de noche, la playa no pierde su encanto. Hay bares que sacan sus mesas y sillas afuera, en la arena, colocando velas sobre las mesas (porque no hay otro tipo de iluminación en la playa), donde se puede sentar a tomar algo, escuchando música o viendo un show. También se puede caminar por la orilla del mar, sacarse las ojotas e ir por la arena húmeda y fría.

La noche en la playa

Hay algo que no puedo dejar de contar y es sobre la capacidad de expresarse de los comerciantes mancoreños a través de cartelitos. Lamento no haberle sacado fotos a cada cartel con la cámara fotográfica. Al menos lo hice con el teléfono que tenía, con una resolución de imagen muy fea, pero que ilustra de lo que hablo.

 

   

Los días en Máncora fueron días de auténtico descanso. Sin embargo durante mi estadía allá me pregunté: ¿Por qué venden al pueblo como un paraíso turístico? Cuando, en realidad, en mi humilde criterio, no lo es. Máncora es otra cosa. Es una playita tranquila, con grandes extensiones sin ocupar, para estar en paz. Con los servicios básicos, pero suficientes. Sin grandes tiendas ni hoteles. Con mucha alternativa de alojamiento, sí, pero sin nada majestuoso. Parece haber un prototipo de viajero que, como decía antes, toma al pueblo como un hogar de tránsito, como una parada de trabajo y descanso, que además, es económico.

 

 

 

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