Yo, mínimo ser / Ebrio del gran vacío / Constelado / A semejanza, a imagen / Del misterio / Me sentí parte pura / Del abismo, / Rodé con las estrellas, / Mi corazón se desató en el viento.

 La Poesía. Memorial de Isla Negra. 1964. Pablo Neruda.

 

Por: Victoria

Era mediado de marzo. El clima en el Pacífico ya despedía al verano, sin embargo el ambiente estaba cálido: el viento fresco de la playa ancha pero con un sol fuerte y brillante que contrarrestan el efecto de remolino de la playa abierta.

Bajamos de un micro interurbano que nos traía de Santiago. Nos dejó en una especie de calle principal del pueblo. Como todo en la costa de Chile: a un lado las montañas y al otro el mar (una nota fantástica para nunca perder el Norte ni las referencias). El pueblo estaba silencioso. No recuerdo si era día de semana o sábado o domingo. Sin embargo, parecía un día habitual: el viento, el sol, el silencio y a lo lejos el ruido del mar, del oleaje golpeando con fuerza contra las rocas de la playa. Calles de tierra y arena blanca empujada por el viento. Vegetación, muchas plantas y rocas. Y olor a sal…

Cuando puse un pie en Isla Negra, cuando atravesé la primera calle para pararme frente al mar, cuando sentí el olor de la sal y el ruido de las olas, sentí “mi corazón se desató en el viento”. Ahí, justo ahí parada, entendí que todas y cada una de las hojas de “Memorial de Isla Negra” que me habían atravesado años atrás cuando lo leí, reaparecen, junto con la sensación que tenía de ese lugar.

Me saqué las ojotas para sentir la arena, para caminar por la playa, para pararme en las enormes rocas negras y mirar ese mar furioso del que Pablo tanto habla en sus libros y pensé: ¿Qué vine a buscar acá? Vine a buscar a Pablo. O a sentirme más cerca de él a través de su casa, su océano furioso, su mundo de reliquias y objetos traídos de todo el mundo.

Ese lugar, era inmenso. Pensé si sería así de mágico si no hubiera leído a Neruda, la verdad es que no lo sé, pero encontré cada espacio habitado por él y sus palabras. Supongo que así entendemos cómo nos atraviesan los libros, las lecturas. El viaje empieza en una biblioteca, diría Michel Onfray en su “Teoría del Viaje”: “De una manera al fin y al cabo platónica invocamos la idea de un lugar, el concepto de un viaje y luego nos vamos a verificar la existencia real del lugar ambicionado, entrevisto por los íconos, las imágenes y las palabras. Soñar un lugar, permite menos encontrarlo que reencontrarlo. Todo viaje vela y desvela una reminiscencia”.

Las callecitas de Isla Negra

Originalmente llamado “Las Gaviotas” (luego renombrado Isla Negra por Neruda) este lugar se ubica a unos  120 kilómetros aproximadamente de Santiago, la capital de Chile. Pertenece a la Comuna de El Quisco y a la Región de Valparaíso.

Isla Negra es un pueblo pequeño, de casas aisladas, callejuelas de tierra con ondulaciones y rodeadas de vegetación. Con algo similar, aunque con muchísimas menos de las pocas casas que hoy se ven, se encontró Pablo Neruda cuando llegó a este paraíso.

Era 1937 cuando Pablo regresó a Chile luego de uno de sus tantos viajes por el mundo. Tenía 33 años y ya era reconocido por su labor no solo de poeta, sino por su actividad política: embajador y militante del Partido Comunista de Chile.

“La Casa. No sé cuándo me nació. Era a media tarde, llegamos a caballo por esas soledades. Don Eladio iba delante, vadeando el Estero de Córdoba que se había crecido. Por primera vez sentí como una punzada, este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos. Aquí, dijo Don Eladio Sobrino, navegante. Y allí nos quedamos.” Así cuenta Neruda, en 1966 en su libro “Una Casa en la Arena”, como llegó a Isla Negra.

Don Eladio Sobrino era un marino español que vivía en Chile. Él le vendió al poeta, en 1938, la pequeña casa de piedra a la que llegaron. Neruda ya tenía el sitio en donde empezar a escribir “Canto General” un gran libro sobre la historia y naturaleza de América Latina.

Pero esa pequeña casa inacabada fue creciendo, fue cambiando. En principio tenía un comedor, un cuarto de baño, la cocina y dos dormitorios, lo que podría decirse una casa más bien tradicional. Pero Neruda no quería algo así, sencillo, simple, quería otra cosa., algo hecho de acuerdo a su “cosmogonía” poética. En 1943, junto a su amigo, el Arquitecto Catalán Germán Rodríguez Arias, quien había llegado a Chile exiliado de Francia, y con quien comenzaron una serie de ampliaciones y modificaciones que les costó más en esfuerzo por el lugar tan solitario y apartado en el que se encontraba el poblado.

Neruda partió a un nuevo viaje y dejó a su amigo Rodríguez Arias al mando de la ampliación y refacción de la casa de Isla Negra. Sin embargo siguió el proceso en el paso a paso. Enviaba cartas, notas y dibujos con detalles e información sobre como seguía la construcción. Él había determinado todo: que materiales se utilizarían, como se organizarían los espacios, las formas en su conjunto y en su particularidad. Nada quedaba librado al azar. Neruda estableció sus propias premisas para sus casas, entre ellas el aspecto para nada funcional de los espacios. Allí, primaban lo lúdico y simbólico. Para los gustosos de la arquitectura tradicional, esta es la excepción: acá gana la extravagancia, el espíritu del poeta que invade no solo el interior con su colección de objetos, sino también el lugar, el entorno, las formas de la casa.

A mediados de 1960, Neruda vuelve al ruedo y una nueva ampliación en Isla Negra. Su amigo el arquitecto Sergio Souza proyecto cambios: los arcos que unen los cuerpos de la casa y los recintos que albergan la Sala del Caballo y la Covacha (así llamaba el espacio en el que se recluía a escribir). Le colocó techo de zinc, para escuchar el ruido de la lluvia y evocar de esa forma, las sensaciones de su niñez en el lluvioso sur de Chile, donde nació.

Plano de la Casa de Isla Negra por la Fundación Pablo Neruda.

Una vez más, la propuesta de Neruda distaba bastante del panorama arquitectónico tradicional. Más convicción que capricho, la elección del poeta se debía a una exaltación de la naturaleza como marco de la identidad. No por casualidad se emplearon materiales del ambiente marítimo y el entorno: adoquines irregulares de piedra en lo que se levantan muros o madera a la que se le quito la corteza y forman el entramado de la cubierta y el altillo. La utilización de un tren reciclado en un sector del frente, un tronco grueso usado como columna, la conservación de una roca en un rincón del interior o la formación del pavimento con conchas de moluscos, reflejan el uso del entorno y el mundo natural como marco y contenido de esta casa.

El Interior del Universo Neruda

La Casa de Isla Negra, al igual que La Chascona (en Santiago) y La Sebastiana (en Valparaíso) pertenecen hoy a la Fundación Pablo Neruda. Está ubicada en la Calle Poeta Neruda S/N, pero no hará falta ni buscar la calle, todas ellas conducirán a la Casa de Pablo. Hay una entrada general de $6.000 pesos chilenos ($130 pesos argentinos aproximadamente), que podría considerarse un monto elevado, pero a decir de Andrés: “en Chile hasta el aire que respiras, te lo cobran”. Para algunos será un gasto, para otros una inversión, pero es seguro que vale un día entero en esta casa y sus alrededores.

Nunca mejor descrita esta casa, como una Casa-Barco. Se pueden encontrar en su interior todo tipo de objetos y piezas vinculadas al mar y a los viejos navíos de otras épocas. Muchos traídos de sus viajes por el mundo: Rangún, Java, Singapur y otros tantos países asiáticos y exóticos para la década del ’30. También los trajo de Europa, Rusia, América Latina. Y muchos otros, los encontró allí, en Isla Negra, en la arena. Objetos que el mar le dejaba en la puerta de su casa y que recolectaba durante sus caminatas por la playa.

Desde mascarones de proa, cada uno con su historia; hasta barquitos en miniatura. Colección de caracolas, timones y mapas mundi. Una serie de objetos que para algunos no tendrá más valor que el de estar allí exhibidos por haber pertenecido a alguien “conocido”, pero para los amantes del mar, de Neruda y su obra: esta pasión desmedida por el coleccionismo de objetos vale tanto como su obra; porque finalmente son, además de los paisajes, la inspiración de su trabajo.

La casa de Neruda es como un barco varado en una Isla. Todo ficcionado: el navío, la Isla; pero todo recreado por el Universo del poeta. En cada paso, en cada sala, cada objeto cuenta una historia. Por todos lados ventanales que nos muestran el mar, ese mar furioso golpeando con las piedras. El olor a salitre, a humedad. El crujir de la madera cuando caminamos, como si fuera, justamente, un navío antiguo.

 “Frente al mar, junto al ventanal del Salón se ubica una gran mesa, su mesa de trabajo, sobre la que aparecen pitos marineros, un sistema planetario y una brújula china. En un rincón hay un gran timón de barco, en otro un inmenso globo terráqueo y mapas, todos ellos imprescindibles para el comandamiento del buque. Arriba, desde el dormitorio circular, en la arboladura del vigía, se otea el horizonte oceánico. En el jardín se instalarán el ancla, un bote salvavidas, e incluso su bandera con un pez horizontal que anunciará la presencia de su único tripulante.”(Orlando González sobre Una casa en la arena).

Uno de los espacios más interesantes de la casa es el “Salón de Mascarones”. Se trata de un living con sillones frente a un hogar, rodeado de antiguos mascarones de navíos, colgados de las paredes de piedra o de los entrepisos de madera que el poeta mandó construir en sus remodelaciones. La Medusa, María Celeste, La Guillermina, La Sirena, La Novia, La Micaela, La Cymbelina, El Gran Jefe Comanche, cada una de ellas cuenta su propia historia. En “Una casa en la arena” (1966) Pablo Neruda las describe minuciosamente. Dice sobre la morena María Celeste (a quien rescato de un Mercado de Pulgas “bajo siete capas de olvido”) que durante el invierno de Isla Negra algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos. Los escépticos dirán que es la humedad concentrada, para él: un milagro. A La Novia la describe como la más amada por ser la más dolorosa. Y así con cada una de ellas, rescatadas de alguna parte del mundo, que dicen, le contaban al poeta al oído cada una de sus historias y sus navíos.

Sala de Mascarones

Contigua a la Sala de Mascarones se encuentra el comedor, luego una cantina y en el piso superior a ésta la habitación, con la cama dispuesta mirando al mar, frente a un inmenso ventanal. En el bar (abajo) Neruda hizo tallar en la madera los nombres de sus amigos.

Luego un Pasillo de Máscaras, además de muchos otros objetos de los tantos que trajo de distintas partes del mundo. Al lado, el escritorio del poeta.

Una Sala de Estar que parece un descanso de cada una de las habitaciones de la casa que se van como encadenando. De piedra, con un sector de piso damero, dos pequeños sillones, una mesa ratona, una lámpara y como siempre: objetos colgados de las paredes y apoyados en el piso. Y la claridad de la luz que entra por unas pequeñas ventanas. Luego una biblioteca, infaltable en la casa.

Casi sobre la otra punta de la entrada de la casa, dos salas curiosas: la primera es la Sala del Caballo, en donde se encuentra un caballo enorme que según dicen el poeta compró en un remate tras incendiarse la tienda en Temuco en la cual estaba y él recuerda de su infancia. Cuenta la historia, que en ese incendio el caballo resultó algo dañado perdiendo su cola, sin embargo, cuando Neruda lo llevó a su casa le hizo una gran fiesta de bienvenida, donde sus amigos le llevaron muchos regalos al damnificado caballo. Al lado de él, un pequeño baño. Y luego, la Covacha, el espacio en el que el poeta se recluía a escribir. Por último, la Sala de las Caracolas.

La Sala del Caballo

Por fuera, hay varios objetos y espacios importantes en la distribución de la casa-barco. Cerca del ingreso, una locomotora en uno de los jardines. Frente al mar, el Campanil y el bote. A un costado, el ancla que según cuenta Neruda llegó desde Antofagasta “de algún barco muy grande, de aquellos que cargaban salitre hacia todos los mares. Un día se le ocurrió a alguien mandármela. Con toda su grandeza y su peso fue un viaje difícil, de camión a grúa, de barco a tren, a puerto, a barco. Cuando llegó a mi puerta no quiso moverse más “(Una Casa en la Arena).

El último sector de la casa, o al menos el último al que yo llegue fue el que se encuentran las dos tumbas: la de Pablo y la de Matilde Urrutia, su compañera de tantos años.

*

La casa de Isla Negra no fue solo el refugio de Pablo y Matilde, la vuelta de los viajes, la evocación del mar y los recuerdos de la infancia en el Sur. Esta casa fue, además, la meca de encuentros de poetas, intelectuales, músicos. Fiestas, agasajos, encuentros. Una curiosa invitación, al cumplirse el primer aniversario en la casa, le llegaron a sus amigos: “Queremos almorzar con ustedes, en Isla Negra, el 1 de enero de 1958. Menú imaginario: superporotos granados. Humita y Antihumita. Sublime cochayuyo. Hemisferios de Tomate. Nieve de cebollitas. Al fin, Congrio frito. Empanadas elementales. Asado por la pucha. Cazuela Nacional. Pollo puro Chile. Antes y después del almuerzo se beberán diversos Sputniks. Pablo-Matilde. Alta mar, 5 de diciembre de 1957”.

Allí escribió parte importante de su obra literaria, entre ellos “Memoria del Isla Negra”, una autobiografía en verso. También ahí se casó con Matilde, su última compañera.

En Isla Negra pasó sus últimos días, cuando la enfermedad lo empezaba a imposibilitar cada vez más. Allá también, recibió a su amigo Allende, siendo ya Presidente.

Casi como una premonición, llega el Golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973 en Chile y la salud de Neruda declinaba. Lo trasladaron a Santiago, pero ya no había mucho por hacer. En esos días, Matilde, previendo que pasara en Isla Negra lo mismo que en La Chascona donde literalmente los militares devastaron la casa, volvió a rescatar algunas cosas. Unos días después, ocurrió lo que se preveía: los militares destrozaron la casa del mar.

Las tumbas de Pablo y Matilde en Isla Negra

Pablo murió el 23 de septiembre de 1973, unos días después del Golpe de Estado, unos días después de la muerte de Salvador Allende.

“Dejé caer las manos en el mar / y cuando todo estaba transparente, / bajo la tierra, me quede tranquilo” escribió Pablo en “Fin de Fiesta”.

 

 

 

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